Segundo semestre: Ski 101

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Este fin de semana, de nuevo, fue fin de semana largo. Aún con el poco tiempo que llevo en Boston, creo que puedo afirmar que febrero definitivamente no es el mes más productivo del año; entre los días libres gracias a las frecuentes avalanchas, y los feriados nacionales, mi semana promedio tiene sólo 4 días útiles. Esta vez se trató del “Presidents Day”. Gracias a que nos dieron el viernes y el lunes libre, un grupo pequeño de la promoción organizó un viaje a Colorado para esquiar el fin de semana, al que asistimos alrededor de 400 personas. Como a todos en este tipo de programas nos ataca un poco el mal del FOMO (Siglas. Jerga gringa. Dícese de la condición que te impide decir que “no” a cualquier tipo de invitación, por el miedo a estar perdiéndote parte importante de la experiencia. Relacionado: YOLO), sin haber esquiado nunca en mi vida, me anoté al viaje.

Breckenridge está a 2900 metros de altura. A falta de sorojchipills y mate de coca, rápidamente mis compañeros de clase comenzaron a caer presas del soroche. Varios de ellos nunca salieron del hotel, conectados al tanque de oxígeno. A mi compañero de cuarto le dio edema pulmonar el segundo día. Invicta, gracias a mi sangre 50% characata, pude tener dos días completos de esquí. El primer día, tres amigos igualmente inexpertos y yo contratamos a un instructor.  Fueron cuatro horas en la montaña de las cuales las dos primeras las pasamos aprendiendo a sacarnos y ponernos los esquís, a hacer pequeños movimientos básicos y a caminar en terreno plano. Definitivamente, no fueron las dos horas más divertidas de mi vida. A la frustración de no poder bajar por la montaña aún, o de no ser capaces de frenar con algo de gracia (más preocupante todavía), se agregaba el insoportable dolor de canillas y pantorrillas por la presión de las botas.

Luego, subimos a la montaña para esquiar “en serio” (relativamente a nuestro nivel de expertise). Ni bien nos bajamos (caímos) del funicular que te lleva a la parte mas alta, en el transcurso de quince minutos, me había caído más o menos tres o cuatro veces; y yo creía que ya había entendido como funcionaba esto. Sin embargo, luego de ello, poco a poco comencé a entender como cada movimiento que hacía, sea en la espalda, brazos o piernas, por más pequeño que fuera, impactaba de manera importante mi capacidad de controlar mi velocidad y dirección. Realmente es increíble cómo haciendo pequeños cambios en la presión que haces con ciertos músculos, el movimiento de los esquís cambia por completo. Hacia el final del primer día, mis amigos y yo comenzamos a divertirnos de verdad y a tomar ligeramente mayores riesgos en nuestra elección de ruta y velocidad. El segundo día fuimos sin instructor y exploramos distintas rutas, dentro de nuestro nivel de dificultad, algunas más empinadas que otras. La sensación, para mí, fue increíble. Me muero de ganas de hacerlo de nuevo.

Sin tratar de forzar la lógica, creo que mi experiencia aprendiendo a esquiar me ha dejado lecciones que van más allá de cómo mover mis piernas o como balancear el peso de mi cuerpo. Por ejemplo, aprendí (más bien creo que confirmé) que realmente es necesario equivocarse (y bastante) para mejorar luego. Y no sólo es importante caerse y ya. Lo más importante es entender la relación entre tus acciones y el resultado para decidir qué cosas es necesario cambiar, con la finalidad de cambiar también el resultado. Otra cosa que se hizo evidente, es que cuando uno aprende algo nuevo, inevitablemente al comienzo va a ser difícil, probablemente muchas veces hasta desagradable, aburrido y frustrante. Sin embargo, si te rindes en ese momento, nunca vas a llegar a dominar lo que estás tratando de aprender. La clave está en pasar esa barrera a pesar del mal rato inicial y eventualmente, te vas a empezar a divertir (y un montón). Por último, aprendí la importancia de tener un equipo que te apoye. No sólo para ayudarte a pararte cuando estas boca arriba y los esquís lamentablemente no se desprendieron solos y no te puedes mover (en sentido figurado, claro está), sino porque el soporte emocional que ellos te brindan es una fuente importante de coraje para tomar decisiones que tal vez no tomarías solo. Durante los dos días que compartimos en la montaña, cada uno en algún momento tuvo problemas para seguir intentando, o probar rutas con mayor dificultad, o siquiera decidir ponerse de nuevo los esquís al segundo día a pesar del grandísimo dolor de canillas. Tenernos el uno al otro nos empujó a todos en distintos momentos a sobrepasar nuestras propias barreras, a tomar mayores riesgos, y a aprender y divertirnos muchísimo más.