Señor de los milagros: ¿Sed de dios o tradición?

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Definitivamente octubre constituye para muchos católicos en el Perú, un mes especial debido a que tienen lugar las procesiones en devoción al Señor de los Milagros, también conocido como el Cristo de Pachacamilla. La imagen es muy hermosa y conocida por todos los peruanos pues se muestra a Cristo crucificado y a su madre la Virgen al pie de la cruz. Impresiona en esta pintura la serenidad del rostro de Cristo y el amor con que la Madre contempla al Hijo muerto en el madero.

Miles de devotos asisten a las procesiones, la mayoría vestidos con el hábito morado típico de esta devoción. Las cuadrillas de los hermanos cargan el anda con la imagen sagrada en grupos de treinta y seis cargadores. La imagen es llevada desde el templo de Las Nazarenas en diversos recorridos por las calles de Lima, haciendo paradas en diversos puntos de la ciudad a fin de que se le rindan los homenajes correspondientes por parte de la gente y de las autoridades del gobierno. Luego la imagen regresa a Las Nazarenas en donde permanece hasta el mes de octubre del próximo año en que nuevamente es sacada en procesión.

Si uno asiste a las procesiones podrá apreciar que muchos de los devotos, además de estas en oración, se mortifican haciendo penitencia por amor al Señor, ya sea para pedir algún favor o para dar gracias por el favor recibido. Inclusive algunos devotos caminan descalzos o avanzan de rodillas algún tramo del recorrido, también como penitencia ofrecida al Señor. Si bien esta procesión es conocida por todos los peruanos, ¿Es comprendida en toda su profundidad? ¿Qué motiva a cientos de personas a madrugar, pasar incomodidades y mortificarse haciendo penitencia por el Señor? ¿Se trata de verdadero fervor de amor al Señor o de una mera tradición o costumbre peruana típica del mes de octubre? Definitivamente es una manifestación de la sed de Dios existente en toda criatura humana.

Sin embargo, la actitud de estos penitentes verdaderamente chocan o llaman la atención de muchos, más si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en donde el hedonismo y el materialismo es una norma, en donde el placer y el “pasarla bien” se impone como “razón” y “sentido” de nuestra existencia. De allí que estas actitudes no se entiendan, pues son casi vistas como rarezas o locuras de ciertas personas por lo que la procesión sea vista, más que como muestra de devoción y fe, como una mera “tradición” o “costumbre limeña”, al mismo nivel que el turrón de Doña Pepa, la rosca de reyes o el hábito morado. Aún así, mueve a reflexión el contemplar la profunda fe y devoción de los fieles ante la imagen de Dios hecho hombre, que voluntariamente se dejó insultar, vejar, golpear, humillar de la forma más infame, para terminar finalmente clavado en un madero como el peor de los malhechores. Al mundo de hoy le cuesta comprender esta “locura de amor” y es porque la única explicación posible que encontramos para explicar estos actos de devoción y penitencia es precisamente por amor. Y es que como dice el dicho popular: amor con amor se paga. De allí que muchos devotos y penitentes por amor al Señor madruguen y se mortifican por el Señor. ¡Qué mejor homenaje para el Cristo Morado que el ver a tanta gente humilde y sencilla vivir mil sacrificios por amor a Él!

Como proclamara San Juan Pablo II a los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro a principios del mes de noviembre de 2002: “El mundo de hoy tiene más necesidad que nunca de redescubrir el sentido de la vida y de la muerte en la perspectiva de la vida eterna. Fuera de ella, la cultura moderna, nacida para exaltar al hombre y su dignidad, se transforma paradójicamente en cultura de muerte. Sin el horizonte de Dios, se encuentra como prisionera del mundo, sobrecogida por el miedo, y genera por desgracia muchas patologías personales y colectivas”.

Miles de peruanos encuentran la fe y la fortalece necesaria para vivir en el Señor de los Milagros, lo cual no es entendido por la “cultura moderna” de hoy, pues es una cultura enferma de egoísmo. Tal como afirmara Benedicto XVI: “Yo no dudo en afirmar que la gran enfermedad de nuestro tiempo es su déficit de verdad. El éxito, el resultado, le ha quitado la primacía en todas partes. La renuncia a la verdad y la huida hacia la conformidad de grupo, no son un camino para la paz. Este género de humanidad está construido sobre arena…”.

El hombre nació para trascender y ello a través de su trabajo, su familia, sus diversos quehaceres; y esta sed de trascendencia sólo se satisface plenamente en Dios. Como escribiera San Agustín en sus Confesiones, dirigiéndose a Dios “…nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti”. En todo ser humano hay una sed de Dios natural -reemplazada en algunos por el dinero, el poder o el sexo- y así lo entienden los que veneran la imagen del Señor de los Milagros y la siguen. De allí que el verdadero homenaje y adoración al Señor de los Milagros venga de las miles de personas humildes que con sencilla devoción siguen sus pasos y de alguna forma se hacen “Cristos” con El, compartiendo su pasión.

Finalmente concluimos con las palabras que, hace algunos años, el recientemente beatificado Álvaro del Portillo manifestara con gran claridad: “Dar gloria a Dios es la actividad más importante que podemos y debemos realizar en nuestra vida. Más aún, es la única finalidad a la que han de tender nuestros pensamientos, nuestras intenciones, nuestros deseos y nuestras acciones. Sólo de ese modo cumpliremos el fin para el que hemos sido creados, y sólo así seremos verdaderamente felices… estamos destinados a gozar de Dios por toda la eternidad: esto es lo que confiere valor y sentido a toda la existencia humana.”