Ser Campeón de Europa, por Nathan Sztrancman

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Hace dos años el Real Madrid, la institución más misteriosa de la historia, estaba perdiendo un título en el minuto 92:30 en Lisboa y mandó a llamar al MI6, que envió por su parte a Sergio Ramos. Lo que ocurrió en Portugal fue una paliza al pesimismo, una Copa de Europa salvada al último segundo. Y esta temporada, en Milán, el Madrid se encontró una vez más en el partido más importante de todo el año, sin entender cómo había llegado hasta ahí; la Liga se perdió en Octubre y la Copa en Cherysyev.

El partido se desarrolló como se desarrolla la Iliada; heroísmo, virtud, soledad, dioses y pérdida de la razón en busca de la gloria. Era definitivo que el mundo se ponía detrás del Atleti, y el Madrid detrás de sí mismo. La posesión apática, conformista, la rompía Modric, cuyo papel los dioses han reservado con ingratitud a los pensamientos secundarios, jamás las portadas. Luego le cayó un balón a Bale, la rozó y estuvo el de siempre. El primer gol del Madrid es un símbolo de lo que ha sido el equipo toda la temporada; un bombazo a Bale, y que alguien encuentre la gloria ahí donde nadie más está despierto. Ramos se puso ahí, como se ponen Vladimir y Estragon para esperar a Godot, y se encontró con una Copa de Europa. En ese cruel karma, Sergio Ramos se quedó existiendo en el área de las finales de la Champions League. Vale mucho; en octavos, cuartos o semifinales, olvídense – no vale ni un carajo.

Un ambiente pesado y espeso le sobrevino al equipo cuando salió al segundo tiempo y vio que la final era frente al Atlético de Madrid, los espartanos del Cholo. Benzema y Cristiano fallaron goles como un equipo chico, imperdonables; el Atlético los metió como un grande, de la nada. Del no-gol de Benzema, al penal sobre Fernando Torres. Pepe y Ramos, los backs, decidían cómo sería el partido más importante de toda la temporada. Y entonces chut, y el travesaño que besaba Iker Casillas. Antoine Griezmann mató al Bayern en semifinales y mataba al Atlético de Madrid en la final. Pero a ese oxígeno que le regalaron al equipo de Zidane le sobrevino lo absurdo – todos buscando a Roberto Carlos en la banda para que se la deje al francés como en Glasgow, y el partido incapaz de proveer ese centro. /y Carrasco, con la sed de venganza que sólo existe en el fútbol, fulminó la defensa, entró al área y pulverizó la Undécima que parecía hecha.

Ese gol solo tiene explicación en lo sobrenatural; el Madrid creyó que podía librarse del enemigo con una primera mitad sublime. Pero nadie se libra del Cholo en tan poco tiempo. Es como la diabetes; se tiene que regular con insulina cada vez que pruebas algo dulce. El Madrid era el Atlético en Lisboa; un golpe que te deja caminar cinco minutos y después tu cuerpo cae al suelo muerto desde el amanecer. El equipo de Zidane se mordió las uñas esperando que el Atlético no marque el 2-1; no lo hicieron – estaban preocupados porque no les marquen lo mismo a ellos. En ese correr letárgico de los tiempos extras, como suelen ser estas cosas, se terminó caminando. Hasta el punto maldito en el verde del área. A los doce pasos. El equipo rojiblanco no decepcionó, pero murió en la orilla; tuvo la victoria en dos penas máximas. Griemzmann falló una (como lo falló Messi contra Cech en su día), y luego de una tortura de tiempo extra, Juanfran falló otra. La conquista de Europa se la había dejado el Atleti en dos palos.

En el Madrid no falló nadie. No falló Ramos, no falló Cristiano, no falló Kevin Roldan. Se había levantado, ya muerto, del velorio, y empezó a caminar. Entró a la sala, jodió el doblete del Barça y se llevó una Copa de Europa. La gente dirá que es injusto. Da lo mismo. No hay Dios, ni Messi, ni ley ni moral que valga. Eso es lo que hace el Madrid. Genera odio y, hay veces, como quien se viste casual, es Campeón de Europa.