“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”

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La semana pasada el alcalde de Jesús María se encontró en el ojo de la tormenta a causa de unas declaraciones respecto a un proyecto de ampliación de la Av. Salaverry de dos a tres vías. No vale la pena detallar los dimes y diretes entre abanderados y detractores de agregar más concreto a nuestras calles, pero sí me atreveré a decir que ninguno de los dos bandos posee argumentos suficientes para sostener si es necesario (o no) ampliar la Av. Salaverry de dos a tres carriles. Ampliar la avenida no solucionará el problema del tráfico en esa zona ni tampoco es razonable defender los árboles porque sí, porque por último la ciclovía de la berma central carece de total animación (casi no hay peatones ni ciclistas).

Uno ya no sabe qué fenómeno fue primero, como el huevo y la gallina, y cuál se vuelve más inmanejable: si el vacío urbano que significa una berma central amplia y carente de uso fue ocasionado por el tráfico de la avenida, o si la berma en estado moribundo propició a que el automóvil lo reclamara como su territorio, colapsándolo. No estoy diciendo con esto que todo territorio que carezca de animación, así posea muchísima área verde, debe ser sacrificado a favor del automóvil, pero sí me atrevería a decir que las partes en este tema deben despojarse de sus armas y dejar de afrontar el tema como si fuera una guerra de automóviles contra peatones, cuando en realidad deberían ser aliados en la conformación de la ciudad.

Una cosa es cierta, Lima posee una abrumadora cantidad de automóviles a los cuales se sacrifican gradualmente las necesidades de los peatones: el tráfico, los estacionamientos privados y públicos (es decir, la calle), y los grifos son instrumentos poderosos y tenaces de destrucción urbana pues en la medida que aumenta el número de automóviles, aumenta también toda área subordinada al funcionamiento de este aparato automotor. A nivel mundial, la propagación descontrolada del automóvil está afectando el tejido urbano; las ciudades, su infraestructura y los distintos centros están desparramados y alejados como para permitir una conectividad peatonal, pero con una densidad insuficiente como para implementar un transporte público efectivo y rentable.

Repasemos algunos números:

–  Un automóvil pesa aproximadamente 20 veces más que su conductor.

– Para mover esta máquina es necesario gasolina, un recurso no renovable cada vez más escaso que llega hasta nosotros a través de cadenas de producción cada vez   más problematicas y además emite gases de efecto invernadero.

– Una silla cómoda (digamos de un autobús) ocupa apenas 0.9m2 mientras que un automóvil alrededor de 15m2 (así vaya una, tres o cinco personas, obviamente)

– Cuesta adquirir uno, a pesar de estar estacionados aproximadamente el 80% del tiempo; y cuando está en uso ocupa un promedio de 1,2 personas (es decir, una persona entera y una cabeza, o una pierna)

 – Si bien un automóvil puede recorrer casi 500 km hasta que se le acabe la   gasolina y alcanzar los 140 km/h, los viajes habituales dentro de la ciudad son        normalmente de unos cuantos kilómetros y la velocidad fluctúa sólo entre los 30 y los 80 km/h.

– Produce un enorme daño ambiental no sólo porque su fabricación consume ingentes cantidades de energía, sino también por los enormes problemas de eliminación de residuos, especialmente graves en el caso de las llantas, el sistema de escape y las baterías.

– Además recordemos que cuenta con toda una infraestructura que permite su uso, que va desde calles, avenidas, vías expresas y semi-expresas, carreteras,    intercambios viales, estacionamientos, grifos, talleres, etc.

Estas cifras demuestran a nivel mundial que la propagación descontrolada del automóvil tiene un impacto medio ambiental, no sólo con las emisiones de carbono y el uso de recursos no renovables, sino también mutila el tejido urbano: la ciudades, su infraestructura y sus distintos centros están desparramados y muy alejados como para permitir una conectividad peatonal, pero con una densidad insuficiente para implementar un transporte público efectivo y rentable. El transporte urbano, especialmente en Lima, se ha vuelto insostenible debido a una excesiva dependencia a los automóviles privados, incompatible con el aumento de una concentración urbana de usos: o logramos los objetivos principales de la movilidad (accesos, velocidad y comodidad) a favor del transporte privado llenando nuestra ciudad de concreto; o reducimos el número de automóviles privados para que sea viable un sistema de transporte público y lograr la diversidad, vitalidad y concentración de usos que Lima necesita. No hay medias tintas, uno o el otro. Como se refiere Jane Jacobs en su libro Muerte y vida de las grandes ciudades, “erosión de las ciudades por los automóviles” o “sacrificio de los automóviles por las ciudades”.