Si la vida te da lobbies (I), por Daniel Masnjak

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La formación de intereses diversos es inevitable en cualquier sociedad que admita algo de libertad para las personas que la conforman. Madison lo explicó de la siguiente manera: “Mientras la razón del hombre permanezca falible, y tenga libertad para ejercitarla, diferentes opiniones serán formadas. […] La diversidad de facultades del hombre […] no es menos que un obstáculo insuperable para la uniformidad de intereses”[1]. Por tanto, intentar evitar que se formen varios intereses en una sociedad es una aventura que pasaría por suprimir la libertad de hacer uso de algo tan íntimo como el pensamiento. Es por eso que la aparición y acción política de grupos de interés se da incluso bajo regímenes donde la libertad padece grandes limitaciones, como fue el caso de la monarquía francesa de los siglos XVII-XVIII. Como señala Hernando De Soto, es difícil imaginar que Luis XIV “supiera cuántos tipos de hilo o aguja había que utilizar para manufacturar textiles en Lyon, París o Semur. Quienes le proporcionaban esa información eran los manufactureros vinculados al Estado”[2].

La aparición de grupos de interés se da en la mayoría de sociedades con independencia de su forma de gobierno, salvo que alguna pudiera suprimir completamente la autonomía de los individuos o que estos poseyeran una racionalidad infalible, de modo que todos pensarían lo mismo. Los grupos de interés siempre están presentes, lo que varía es la intensidad de su actividad política. James M. Buchanan y Gordon Tullock abordan el tema en su libro El cálculo del consenso. Para ellos, las actividades de los grupos de interés en el proceso político son dependientes del tamaño y la composición del presupuesto de gobierno, es decir, de las funciones que este debe desempeñar[3]. Así, donde el Estado tiene más funciones regulatorias, hay la tendencia a que la actividad de los grupos de interés sea mayor. Ello genera un ciclo en el que el tamaño y variedad en la composición del presupuesto del gobierno incrementan constantemente, debido a que los grupos en acción buscan que el proceso político genere aún más ventajas para ellos[4]. Esto también fue observado por el politólogo Pendleton Herrig, quien al comentar el rol de los grupos interés en el surgimiento del Estado de bienestar, sostuvo que este “no surgió como un plan ordenado y articulado. Lo veo más bien como la consecuencia de la presión de necesidades especiales creándose y demandando acción”[5].

Otro factor que influye en la intensidad con la que actúan los grupos de interés es el grado de apertura de la forma de gobierno. Volviendo a la Francia de Luis XIV, se trata de un Estado que regulaba con un alto grado de especificidad las diferentes actividades económicas y que contaba con la capacidad para hacer cumplir dicha regulación[6]. Sin embargo, la escasa posibilidad de éxito para los grupos no vinculados al poder reducía su acción política, a pesar del tamaño y diversa composición del Estado absolutista francés. Después de todo, ¿por qué molestarse en intentar desplegar una estrategia política si el Rey siempre favorecerá a sus predilectos?

Por otro lado, en países donde la participación en el proceso político es más abierta, el grado de actividad de los grupos de interés es mayor. Ello debido a la mayor posibilidad de éxito que ofrece un sistema que facilita la competencia. Una vez que un sistema prueba ser suficientemente abierto para permitir el éxito de las acciones de un grupo, “otros grupos funcionales o de interés, observando el éxito del primero, ahora encontrarán provechoso invertir recursos en la organización política”[7]. Es por ello que en Estados Unidos la gente habla abiertamente sobre los grupos de interés y sus influencias, pues todo es parte del sistema de gobierno, del juego político cotidiano.

En resumen, los grupos de interés incrementan su actividad conforme incrementa también la incidencia de un Estado sobre la actividad privada a través de regulación y cuando la forma de gobierno permite una mayor participación y posibilidad de éxito en el proceso político. En el marco de dicha actividad política, los grupos ponen en marcha diferentes estrategias y una de ellas es el famoso lobbying, que pueden ser un problema o una gran herramienta para generar buenas políticas, todo depende de la actitud asume el Estado. Puede dejarse devorar por la jauría de intereses o puede domesticarla y aprovecharla en favor del bien común. ¿Qué debe hacer el Estado si la vida le da lobbies?


 

[1] MADISON, James. “TEN: The same subject continued”. En POLE, J.R. (editor). The Federalist. Indianapolis: Hackett Publishing Company, 2005, p. 49.

[2] DE SOTO, Hernando. El Otro Sendero. Séptima edición. Lima: Instituto Libertad y Democracia, 1987, p. 257.

[3] BUCHANAN, James y Gordon TULLOCK. El cálculo del consenso: Fundamentos lógicos de la democracia constitucional. Madrid: ESPASA-CALPE, 1980, p. 327.

[4] Ibídem.

[5] HERRIG, Pendleton. “The Ultimate Asset: A Retrospective View”. PS. Washington DC, año 19, número 4. 1987, p. 853

[6] Óp. Cit. DE SOTO, Hernando, p. 256.

[7] Óp. Cit. BUCHANAN, James y Gordon TULLOCK, p. 328.