Sicario, por Álvaro Martínez

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Sicario es una película vibrante, que consigue, al mismo tiempo, agenciar un tortuoso camino hacia la naturaleza de la violencia que se ha construido alrededor de las drogas ilegales y se enraíza tanto en el seno de su industria como en sus ramificaciones más teatrales y visibles.  No se trata, pues, solamente de los asesinatos rituales, la corrupción o, en general, la sistematización del terror, sino de la contraparte que debe enfrentarlo en términos preferiblemente heroicos pero se encuentra tanto con un pasado desgraciado, como con un presente infranqueable y, por supuesto, inmediato, que de esos términos ideales parece apenas permitir algunas formas de sacrificio.

Kate Macer, agente del FBI, se ofrece como voluntaria cuando le proponen unirse a una fuerza especial que planea golpear al cartel de Sonora tan alto en su dirigencia como le sea posible.  Macer acepta convencida de que es la única forma de hacer un cambio real y enfrentar a los verdaderos culpables de las atrocidades que no es capaz de impedir y sólo puede limpiar, como sugiere Matt Graver, quien dirige el grupo.

Es evidente que hay algo extraño en la conformación de la fuerza y sus procedimientos que Macer encuentra incómodo, aunque es innegable que la vida se desenvuelve con reglas muy distintas en la frontera y tan cerca de Juárez, una especie de capital ejemplar del narcoestado que propone el film, y casi valida cualquier intento de evitar que persista y, más aún, se reproduzca de algún modo.  Lo que relega cualquier intento de asimilación ética a un plano por demás retórico y se sacude también de cualquier intento normativo que no sea la lealtad en función de un fin.

La realidad que se presenta es un primer paso, y deja poco o ningún espacio para algún camino romántico entre las portentosas fuerzas de lo establecido.  Los personajes no se enfrentan realmente a dilemas una vez que confrontan esa realidad, sus decisiones se vuelven en adelante tan inocuas como sus acciones durante la aparente libertad previa al determinismo que los apresa en una perversa ruta del bien mayor.

El filme de Denis Villenueve parte de la confrontación más o menos conocida entre agentes de rectitud y un medio hostil que trata de doblegarlos.  Lo interesante es que el contexto en que se desarrolla la historia tiene una vigencia absoluta y el cuestionamiento que propone no deja espacio para alejarse en busca de una perspectiva más amplia.  Además de la problemática, llama la atención la calidad artística con que está contada la película (fotografiada por Roger Deakins, por ejemplo), que termina redondeando una experiencia refrescante en el marco de un film al que, de manera quizás similar en la que el rótulo de ilegal se adhiere a ciertas drogas, se podría, caprichosamente, tipificar como comercial.