Nada que perder, por Álvaro Martínez

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Aunque pasó por la cartelera limeña sin mucho éxito, Hell or High Water agrupa muchos elementos que podrían considerarse deseables en una película de un modo casi universal.  Las pocas salas en que se estrenaron Elle o Forušande (El Cliente), la ganadora del Oscar a mejor película extranjera este año, son ejemplos del destino que comparten muchos de los filmes “internacionales” (no es tan sencillo hallar un adjetivo que sintetice la idea) que llegan a nuestro país.  Pero, en algunos casos, incluso el respaldo de uno o varios de los nombres importantes de la industria estadounidense no son suficientes para que una película sobreviva en la cartelera más de una semana.  Foxcatcher, Nocturnal Animals y Silence, el más reciente filme de Martin Scorsese y prácticamente extinto en su segunda semana, son algunos ejemplos bastante actuales.  Para ser justos no se trata de un escenario asentado únicamente en nuestro medio.  Cuando, durante la ceremonia de los Premios de la Academia, el presentador, Jimmy Kimmel, bromeaba sobre cómo se encontraba allí reunido el talento detrás de las películas que nadie había ido a ver, lo hacía seguramente con algún fundamento.  Hay que decir, finalmente, que ello no representa en medida alguna una disculpa y se trata más bien de un consuelo, calificable según el propio punto de vista de varias posibles maneras.

Quizás más extensa de lo oportuno, la reflexión viene al caso pues lo que se puede decir sobre la película de David Mackenzie de manera más inmediata es que se trata de una experiencia emocionante, vibrante, con personajes notables y una historia inteligente.  Resulta, pues, difícil pensar en algún ángulo que pudiera desanimar al espectador.

El filme sigue a dos hermanos, Toby y Tanner, mientras asaltan un número de bancos en Texas.  Esto es importante porque pronto entendemos que detrás de estos asaltos hay un plan y, más aún, móviles, que pueden exceder a la ley pero, no así, necesariamente, a la justicia.  La adrenalina, los robos, tienen una meta seria, una reivindicación que, además, es una especie de conducta generalizada: en una Texas armada, con pistolas y rifles arraigados en el estilo de vida, se extiende también, en ese empoderamiento físico, una disposición especial a tomar la justicia como venga.  Un sentido que no se reconcilia con la cruzada de los hermanos, quizá por desconocimiento de las intenciones detrás de los atracos o simplemente porque con la responsabilidad de las armas viene la de ajusticiar bandidos.  El profundo lazo de los hermanos parece hacerse más hondo incluso en sus diferencias de carácter, desde un pasado y en la misión en que se han aventurado juntos y en la que cada uno reconoce su papel y limitaciones, aunque ese reconocimiento no baste siempre opuesto a la realidad y a la naturaleza que los habita.

Marcus Hamilton, un viejo ranger cerca del retiro, es llamado para investigar los robos y sigue la pista de los hermanos junto a Alberto, su compañero parte indio.  Además de los perfiles que el experimentado Hamilton construye rápidamente a partir de testimonios, la dinámica entre los rangers es grata de ver: hay una especie de antagonismo sanguíneo con que se juega hábilmente en sus conversaciones, un estado de perpetua ofensa (con una hostilidad bastante caprichosa desde el lado de Hamilton) que, lejos de ser simulado, se encuentra siempre a punto de cruzar la línea de lo que el otro está dispuesto a soportar.  La pareja es además otro guiño al western, como los cielos inmensos, el descampado, la tierra como derecho, herencia, su profundo sentido de propiedad.

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