[EDITORIAL] Autoridad desautorizada

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Con el tiempo las redes sociales se han convertido en el lugar óptimo para encender escándalos y, sobre todo, propagar indignación. Basta con conseguir una elocuente fotografía, o un revelador video para facilitar la viralización de un problema y, posteriormente, la formación de campañas de protesta, articuladas a punta de ‘compartidas’ y ‘me gustas’ y el eventual ‘twit’ o ‘posts’ en un muros donde se despliegue la ira por lo sucedido. De hecho eso es lo que sucedió la semana pasada con el video de Silvana Buscaglia, la mujer que agredió a un policía en el aeropuerto Jorge Chávez y que ha sido condenada, este fin de semana, a seis años de cárcel.

Si bien la reacción contra la actitud prepotente de esta mujer es natural,  pareciera no estar acorde a la conducta general de los peruanos hacia la autoridad. La policía, si bien el respeto a esta como institución es algo en lo que se insiste desde siempre, es una entidad que no es valorada por la sociedad en general y lo peor de todo es que ésta tampoco parece valorarse a sí misma. De hecho, en nuestro país, la autoridad en sí, ya sea vista en la forma de leyes o personificada en algún funcionario – dígase policías y hasta incluso congresistas o representantes del ejecutivo- no tiene verdadero poder de influencia, por una combinación de descrédito de las instituciones y la tendencia, casi intrínseca a la cultura peruana, a buscar pasar por encima aquello consignado por la norma.

La policía no parece creerse merecedora del respeto y autoridad que su puesto debería ostentar. El temor a que, por influencia o simple prepotencia, la imposición legítima de su responsabilidad termine por costarle su trabajo, supera cualquier convicción que se pueda tener de querer hacer cumplir la ley. En las redes sociales, a propósito del caso de la señora Buscaglia, los policías implicados han sido vistos como víctimas de una agresión, y de hecho lo han sido, pero el problema está en que con firmeza y determinación estos no debieron haberlo permitido.

Cuando hechos de este tipo ocurren muchos tienden a hacer comparaciones con lo que sucedería en otros países en casos similares y si bien las comparaciones pueden ser odiosas sirven para resaltar que, en países donde la institucionalidad existe, la policía y la autoridad en general son fuerzas dignas de tener en cuenta y de respetar. Vaya usted a quitarle el casco a un policía de tránsito en Estados Unidos o a siquiera tocar a un gendarme francés y lo más seguro es que, luego de recibir una contundente dosis de ‘legítima defensa’, usted vaya preso. Y esto sin la necesidad de que un video sea colgado en las redes.

Esta sensación policial de no merecer valor es porque, en muchos casos, no lo merecen ¿Por qué? El poder y la autoridad en el mundo libre debe calar en la sociedad no por las vías coercitivas (que solo deben ser utilizadas cuando las situaciones lo ameriten, como por ejemplo cuando un policías es agredido), sino que deben lograr influencia por el ejemplo ¿Cómo se puede pretender que un policía evoque autoridad cuando él mismo rompe las leyes que juró defender? ¿Cómo puede la policía como institución exigir respeto cuando a diario muchos de sus efectivos la denigran pidiendo coimas, robando y hasta matando? ¿Cómo va a sentir un policía que tiene autoridad cuando no tiene balas para su pistola y un sueldo decente que le permita vivir dignamente?

Si bien, en el caso Buscaglia la culpable ha sido claramente identificada, este es apenas un caso entre tantos que suceden día a día. A veces la policía es agredida o a veces es ella la que agrede al ciudadano. En ambas situaciones, se deben fomentar el respeto mutuo y, si es necesario, iniciar campañas de concientización porque la primera herramienta que tiene el ciudadano para solucionar sus conflictos es el diálogo, más no la violencia. Aquella frase ‘a la policía se le respeta’ pareciera que hoy pierde vigencia, así que inculquémosla nuevamente y que ningún ciudadano crea que nuestras fuerzas del orden son inferiores, lo que nos da derecho a reaccionar violentamente. No. Tanto ellos como nosotros debemos conocer nuestros derechos, pero con mayor razón debemos conocer nuestros deberes. Que no nos sorprenda ser detenidos por un policía cuando hemos incumplido un deber, porque las sanciones no son arbitrarias.