Sola por primera vez

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Ayer llegaron a visitarme mis papás y mis hermanos desde Perú para pasar las fiestas juntos. La semana que acaba de pasar, Cambridge, como bien pronostiqué en el post pasado, se convirtió en un pueblo fantasma. Por lo menos así lo fue en las calles que rodean el campus de la universidad, las mismas que componen la pequeña burbuja virtualmente auto sostenible en la que cómodamente nos movemos los alumnos, y de la cual casi no necesitamos salir nunca. El último día de exámenes finales lo que más se podía ver en el campus eran alumnos corriendo con maletas. No, no se trata del producto de la exportación de extrañas cábalas para la víspera de año nuevo. Literalmente, todos huyeron de la ciudad hacia sus respectivos lugares de origen o destinos turísticos de su preferencia, ni bien sus obligaciones presenciales se habían terminado. Sin exagerar, puedo afirmar que aproximadamente el 80% de los alumnos se fue el mismo día del último examen final, el 15% se fue al día siguiente, y al tercer día, me quedé prácticamente sola. Ni siquiera mi ‘roommate’ se quedó.

La semana que acaba de pasar es la primera vez que realmente no he tenido a nadie a mi alrededor por la mayor parte del tiempo. Y fue en ese tiempo que me di cuenta de muchas cosas. Para empezar, reconocí la diferencia entre vivir sola (pero acompañada a veces como yo) y sola, sola de verdad. Yo comparto mi departamento con una compañera de clase. Si bien optar por esta opción es casi una lotería (hay que tener bastante suerte para encontrar a alguien que sea compatible con tus hábitos de convivencia), hay cosas pequeñas que valoro muchísimo y que tal vez no había notado hasta esta semana: conversar con alguien en las mañanas mientras tomo desayuno, llegar a casa luego de un día largo y tener alguien con quien compartirlo, tener una consejera de modas al lado de mi cuarto y sobre todo un oído para cuando tengo uno de esos dilemas existenciales que no se quitan fácilmente.

Por otro lado, es la primera vez que reconozco la grandísima necesidad que tengo de socializar con otros seres humanos a todas horas del día. Luego de más de tres meses de vivir ceñida a una recargada agenda manejada por la universidad, llena de actividades intensivas en interrelación humana, de pronto la agenda se quedó vacía. A buscar qué hacer entonces. Nada que hacer. Busco a mis compañeros de clase… por su puesto, no quedan más de 5 y cada vez son menos. Hacía tiempo no necesitaba dedicarme a actividades que no requieran de la participación de otras personas. Y es que cuando nadie tiene tiempo para ti, tú deberías tener tiempo para ti y nadie más. Definitivamente, esto es algo que tendré que seguir trabajando.

Por último, algo que le sucedió a un amigo hace dos días me hizo pensar en la importancia de construir una pequeña familia dentro de nuestra comunidad, lo cual implica que todos estemos dispuestos a hacer por otros lo que haríamos por nuestros familiares. Un compañero de clase acababa de llegar de viaje muy enfermo y tenía que viajar a España a visitar a su familia horas después el mismo día. Eran las 9 am y veo que este amigo escribe en el grupo del salón, que se sentía muy mal y necesitaba ayuda. Como ya les había contado… quedábamos alrededor de 5 personas de las 95 que éramos originalmente. Tenía un día muy ocupado pero me imaginé que siendo nosotros tan pocos, realmente esta persona me necesitaba. Le preparé una sopa y se la llevé. Cuando converso con él, me cuenta que antes que pasaran 5 minutos de haber pedido ayuda, todas las personas que estábamos aún en Boston le habíamos ofrecido algún tipo de ayuda. Un compañero le llevo medicinas, otra compañera le llevó té y otro le ofreció llevarlo al aeropuerto en su carro. Es realmente una suerte estar rodeada de personas que sin dudarlo van a darte lo que puedan de sí cuando lo necesites, sobre todo ahora que todos estamos tan solos.