Soy profamilia, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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Me considero profamilia. De hecho, no recuerdo un momento de mi vida en el que no lo haya sido. Quizá me guio hacia esta posición el hecho de haber pertenecido a una familia sólida que, sobre todo, tenía especial consciencia de las funciones tácitas de protección, cariño y respeto que todos estos grupos terminan cumpliendo espontáneamente, con cada uno de sus miembros motivado únicamente por el afecto que le guarda al otro.

Y es que la institución de la familia es, sin duda, fundamental para la sociedad. Sirve como un grupo de apoyo del que los individuos siempre pueden depender en momentos de necesidad, son dispensadores incondicionales de afecto y protección y, además, reúne a las personas con las que mejor solemos compatibilizar. La familia da orden en el desorden y tranquilidad en un mundo que, en ocasiones, puede ser muy agresivo.

Sin embargo, hoy en día reparo en un grupo de personas que, con cierta ironía, se hacen llamar profamilia pero que, en realidad, defienden todo lo contrario. Es común verlos marchando de vez en cuando, quizá motivados por sus parroquias, cargando las banderas de la “defensa de la familia”, cuando su propósito, de hecho, es luchar contra todas las familias con excepción de aquella que se ciñe al modelo que ellos consideran más conveniente.

Sucede que para estos señores las instituciones emergen de una visión planificada de la vida, desde un púlpito o libro sagrado desde el que se establece de forma precisa cómo debe lucir la sociedad. Pero, lamentablemente para ellos, la realidad no se puede planear, no se puede esculpir a partir del imaginario de un grupo que se ufana de estar iluminado y, así, capacitado para hacerlo. La sociedad crece y muta no a causa de planes o de supuestos designios divinos, sino a pesar de los mismos. Y lo real es que la familia existe en muchas formas y colores.

Quizá sea la perpetua tirria que los conservadores le tienen a la comunidad LGTB la que los hace tomar estas posiciones cerradas sobre la definición de familia. Pero lo cierto es que, en su afán desestimar el valor de las familias de este tipo –que existen en el Perú y en el mundo a pesar de la falta de reconocimiento legal y de cuánto algunos quieran negarlo–, también dejan de lado a muchísimas otras que no caen en su esquema de mamá, papá e hijos.

Ellos dirán que la familia tiene que tener un mecanismo para crear vida ¿Qué hay de las personas que crían niños que no son sus hijos? Abuelos que crían a sus nietos, tíos que crían a sus sobrinos, amigos que, por alguna u otra razón, terminan criando a los hijos de alguna amistad desaparecida. Además ¿qué hay de aquellas parejas que no pueden tener hijos ya sea por enfermedad, discapacidad o genética? ¿Su unión, su convivencia y la protección que se brindan no cuentan? ¿Qué hay de los padres solteros? Aparte, ¿qué hay de las familias sin niños? ¿De los grupos de ancianos que han perdido todo y viven juntos? ¿De las congregaciones religiosas en las que conviven, se cuidan y se guardan aprecio entre múltiples personas sin intención alguna de procrear? ¿Acaso esas no son familias?

Aparte ¿no es en este esquema ideal de “familia natural” en la que se detecta la mayor cantidad de violencia contra la mujer? Claro, la violencia no es una característica intrínseca a este tipo de familia, pero basta para notar que dista de tener los colores de perfección que algunos le imputan.

La cantidad de familias “no tradicionales” en el mundo es tal que sugerir que solo existe un modelo correcto de familia es una mezquindad que peca de fantasiosa y ciega. Y esto se hace especialmente relevante cuando la pulpa doctrinaria de aquellos mal llamados “profamilia” se sustenta en un hombre, Jesús de Nazaret, que no fue hijo biológico del padre que lo crio y cuya madre lo concibió sin la necesidad de tener relaciones sexuales con su esposo. En otras palabras, si esta no fue una familia “no tradicional”, nada lo es.

Buscar definir la pertinencia de una configuración familiar a partir de un juicio moral específico, es un despropósito. Las familias como instituciones no brotan como parte del antojo de alguien o de la gestión específica de una institución superior, se dan de forma espontánea, como un producto de las circunstancias y de las particularidades de sus miembros. Al mismo tiempo, la tesis que sugiere que la existencia de ciertas familias amenaza la existencia de otras, es una estupidez, ya que estas existen bajo el mismo sol hace milenios sin que una haya depredado a la otra.

Así las cosas, soy profamilia porque no me cierro a las múltiples formas que toma esta institución en todas partes del mundo y porque creo que negar la existencia de ciertas familias es un insulto a la diversidad que todos los individuos representan. Creo que todas las familias funcionan para nutrir y dar orden a la sociedad, ya sean familias de padres homosexuales, padres solteros o familias sin padres, que se forman al interior de distintos grupos humanos donde se da esa combinación fundamental de protección, cariño y respeto.

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