Soy Pulpín, ¿y ahora qué?

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El cuarto “Pulpinazo” —y el primero del año— fue retratado como auspicioso por varios grupos de interés involucrados en la lucha por su derogatoria o, siendo menos triunfalistas, reforma. No han sido pocas las reacciones que señalaban la respuesta violenta de la PNP como un indicador del hastío de las fuerzas del orden, traducido en el arresto y persecución de los asistentes a la marcha del 15 de enero.

Sin embargo, en un contexto de evidente des-partidización de la protesta, lo que empezó siendo una herramienta de presión social y política legítima que haga trastabillar al gobierno, podría terminar jugando en contra de las intenciones de los jóvenes y los grupos de interés que ejercen su derecho de protesta.

En efecto, no es novedad que durante las marchas se generen grescas entre los que puedan traer consigo el posterior descrédito de la sociedad civil, y eso no es único en el Perú. A nivel global, desde las marchas de los “Indignados” españoles hasta los que protestaron en el Brasil durante la Copa del Mundo y los “Pingüinos” chilenos, las protestas no sólo han sido anti-gubernamentales, sino que vienen de la mano cargadas de un discurso anti-sistema que reduce los espacios para el diálogo político institucional. Incluso en el desgobierno de la movilización social espontánea, existe una colectividad social que, a través de liderazgos civiles, puede generar espacios de diálogo y una plataforma de demandas consistente.

No obstante, en el Brasil, Chile y España, existen mecanismos de representación política de mayor dinamismo que el peruano, las protestas devienen en la búsqueda de adhesiones políticas institucionales que transmitan la insatisfacción ciudadana al hemiciclo legislativo y se inicie el camino hacia las reformas pretendidas.

En cambio, en el Perú encontramos a ciudadanos ejerciendo su derecho a la protesta, los cuales, una vez captada la atención de la opinión pública, no canalizan el listado de demandas a través de sus representantes. En lugar de tener una respuesta orgánica del Legislativo, lo que se encuentra son legisladores que, en algunos casos acercándose por convicción y en otros por mero cálculo político, intentan tender puentes con los “Indignados” peruanos.

Al no darse un acercamiento institucional entre representantes legislativos y de las organizaciones sociales, difícilmente se traducen las arengas en un portafolio articulado de demandas que permitan materializar la inquietud de los que protestan.

Así, lo que encontramos es la insatisfacción ciudadana traducida en el entusiasmo aislado de ciudadanos que no encuentran representación ni en las organizaciones sociales ni políticas. Por ello, los primeros cumplen con el rol de captar la atención de la opinión pública, pero son incapaces de articular esfuerzos con los decisores pertinentes para construir un pliego de demandas que permitan eliminar la situación de conflicto. Esto, a su vez, genera la aparición de políticos, también aislados, que siguen a la muchedumbre ciudadana.

Por lo tanto, los políticos, en lugar de liderar a la ciudadanía protestante hacia la siguiente etapa de resolución de conflicto, se convierten en seguidores de ciudadanos que no tienen a quién seguir, y terminarán por agotar el recurso de la protesta frente a la opinión pública que, en un principio, reaccionó favorablemente a sus demandas.

La enclenque y cuasi inexistente dinámica representativa de la política peruana aísla a representantes y representados, y no posibilita la generación de puentes que permitan a la protesta evolucionar y conseguir el objetivo trazado.

Si bien hay un pleno extraordinario el 28 de enero, su resultado será producto de la iniciativa individual de políticos que estarán más pendientes de cómo arrancan en el partidor al 2016 que en una real reforma de derechos laborales de los jóvenes.

La protesta habrá servido como alerta para políticos astutos, que están más pendientes en buscar la foto que las reformas de fondo y así, la protesta legítima de miles de ciudadanos habrá servido para los intereses de los políticos que tanto se esforzaron en defenestrar.