Sudán, cuando la religión mata, por Piero Gayozzo

«No debe olvidarse que hasta hace poco el país debió su inestabilidad a la disputa religiosa y étnica, a los intentos de una mayoría islámica por instaurar la Sharía en el país.»

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En 1989 el coronel Omar al-Bashir dirigió un golpe de Estado contra el gobierno democrático de Sudán por la incapacidad del entonces presidente, Abmed al-Mirghani, para acabar con la guerra civil que atravesaba el país. Durante el nuevo régimen instaurado por al-Bashir, la guerra contra el autoproclamado Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán prosiguió y recrudeció.

Sudán ha atravesado dos guerras civiles desde su independencia del Reino Unido. Tradicionalmente, Sudán del norte ha sido regido por una mayoría islámica y una casta política fundamentalista que ha intentado someter a sus mandatos religiosos a la comunidad sureña y a los pueblos de la periferia del país. Sudán del Sur, por su parte, ha sido el bastión del cristianismo y de otras expresiones religiosas no islámicas en el país. Con una mayoría católica y aunque mantuvo por mucho tiempo cierta autonomía, el sur de Sudán fue continuamente coaccionada y segregada por las políticas islámicas que el régimen de al-Bashir promovía y ponían en peligro a sus habitantes. Aquella diferencia cultural, aunada a la rivalidad etnoreligiosa, así como a la posesión de recursos petroleros de la región del sur fueron los detonantes de las guerras civiles.

Una extensión de aquellos conflictos fue la Guerra del Darfur, uno de los episodios más cruentos que ha atravesado el país en los últimos años. En aquel episodio, una de las divisiones paramilitares creadas por el gobierno de al-Bashir, las Fuerzas de Apoyo Rápido, realizaron acciones terribles en los territorios sureños, actos que han sido catalogados como crímenes contra la humanidad por diferentes organismos internacionales.

Las tensiones entre las comunidades del norte y del sur llegaron a su fin con la independencia de Sudán del Sur y su proclamación como país autónomo el año 2011; sin embargo, luego de que al-Bashir fuera depuesto en Sudán del Norte el 2019, al día de hoy, el país todavía se desangra. En esta ocasión, el pueblo norteño enfrenta una disputa por el poder entre las fuerzas del Ejército regular sudanés y las tropas paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido.

El actual caos en Sudán del Norte debe invitarnos a recordar que la barbarie está lejos de ser superada. No debe olvidarse que hasta hace poco el país debió su inestabilidad a la disputa religiosa y étnica, a los intentos de una mayoría islámica por instaurar la Sharía en el país y por la respuesta del sector no islámico que, ante la discriminación y el abuso, no dudó en alzarse para exigir su independencia. La crudeza llegó a tal extremo que, durante la segunda guerra civil de sudanesa, se registró el esclavismo como práctica común entre las fuerzas enfrentadas. En general, el conflicto sudanés se extendió por más de 50 años y sus dimensiones iniciales se vieron ampliadas del ámbito religioso al geopolítico por el descubrimiento de fuentes petroleras en el sur.

En pleno siglo XXI, entrando a una Cuarta Revolución Industrial y sumergidos en un mundo hiperconectado, las disputas por el poder persisten y el uso de la fuerza sigue siendo el mecanismo predilecto de las causas personalistas y contrarias a la libertad. Las guerras civiles de Sudán deben sumarse a la lista de horrores que la religión y el pensamiento mágico han generado a pueblos enteros. Miles de muertos por ficciones sin sentido y por el asumido deber de imponer sus creencias que tienen las personas que profesan una fe ciega en dioses inventados. Cuando pregunten si el pensamiento religioso es indefenso, recordemos el caso de Sudán, un país destruido por las diferencias religiosas.

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