Sueño cumplido, por Juan Diego Llosa

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Viernes 17 de noviembre. Me acabo de despertar. Sigue siendo verdad, Perú está en el Mundial. No sé cuánto tiempo va a durar este pánico de levantarme y enterarme que todo es mentira. Tengo que entrar periódicamente a ver videos y reafirmar el sueño: Perú está en el Mundial.

El promedio de vida de las personas es aproximadamente 80 años, o 20 mundiales, como prefieran contarlo. A mí ya se me fueron 20 años: 5 mundiales. Sí sentí muchas veces que me podía morir sin ver a mi selección en el Mundial, cada proceso me acercaba más a esa dolorosa hipótesis. No sabía qué podía generar una metamorfosis tan grande en la selección para poder cumplir el sueño de todos. Sentía que estábamos muy enfermos, diagnosticados clínicamente de un fracaso crónico. Había un divorcio inacabable entre nuestras inspiraciones y nuestra realidad.

En toda mi vida solo he tenido una camiseta de la selección peruana. Me queda recién desde el año pasado. Esta camiseta empezó a sufrir desde la eliminatoria de Autori, y pasó por Uribe, Fredy Ternero, Chemo, el escándalo Golf Los Incas, el 6-0 de Uruguay, el “gol” de Mendoza; en fin, sufrió mucho. Era cuestión de tiempo aceptar, a duras penas, que estábamos matemáticamente eliminados. Esa camiseta aceptó las miradas de ternura cuando manifestó su sueño de ir a un Mundial, también fue víctima de bromas e ironías.

La operación Rusia parecía más de lo mismo. 4 puntos en 6 fechas. Tapia la clavó arriba contra Ecuador para seguir con vida faltando más de la mitad del proceso. Algo cambió, a pesar de solo hacer un punto en las siguientes fechas frente a Argentina y Chile, algo cambió. Se formó un grupo comprometido, homogéneo en nivel y en personalidad, sin figuras, sin lujos y con objetivos.

4 pepas en Asunción. Se ganó fuera de Lima en eliminatorias después de 12 años. Tite nos dio el baldazo de agua fría en Lima, pero volvimos a estar vivos y, sobre todo, volvimos a competir. El 2018 empezó con un empate poco sabroso en Maturín. El país se caía a pedazos con el huayco, ahí fue cuando me di cuenta de que el fútbol va más allá del fútbol. No se iban a levantar las casas destruidas ni se iba a reponer el corazón de los que perdieron seres queridos, pero algo de ánimo podía darle al pueblo ganarle a Uruguay. Cuando tengo tiempo vuelvo a ver el video de cómo se cantó el himno esa noche y de cómo se respetó el de los charrúas. Porque también aprendimos a respetar. Guerrero y Flores completaron la noche mágica. Godín la mandó al palo cuando tuvo la oportunidad de arruinar la fiesta. Están pasando cosas.

Quedaban 4 finales. Nada iba a ser fácil. Nada. Ni Bolivia en Lima. Justiniano la manda arriba faltando un minuto. Están pasando cosas. 2-1 y seguimos. En el Atahualpa de Quito conseguimos el triunfo de la clasificación. Mi fondo de pantalla es el momento de la celebración de Hurtado después del segundo gol.

Tocaba colgarse de los 3 palos contra Argentina en la Bombonera. San Gallese. Messi también iba a tener que esperar para bañarse de gloria. Llegó el momento de definir contra Colombia en Lima. Mal partido. Gracias, Venezuela. Gracias, Paolo. Era indirecto. Nos dimos vida, nos regalamos dos finales más.

El viaje de 14 horas a Nueva Zelanda se iba a hacer sin Guerrero. Un dopaje positivo le cortó las piernas al líder de la selección. Un triste 0-0 dejó muchas dudas y muchos sinsabores para la vuelta en Lima.

Había que salir a matar. Jefferson lo tenía más claro que nadie y empezó la fiesta reventándole el arco a los kiwis. La celebración va a quedar en mi cabeza todos los días de mi vida. Por su mamasita. A partir de ahora estoy escribiendo con el nudo en la garganta, no lo he podido desatar en las últimas 40 horas. Ramos puso el 2-0 y rompió el maleficio de los 36 años. Estamos en Rusia.

Ya nos tocaba, lo merecíamos. También podíamos llorar de alegría con la selección, no es común, pero sí posible. Me imagino un Mundial con las narraciones de Peredo. Vamos a ser parte de la fiesta máxima del fútbol. Vamos a aparecer en el álbum de Panini. Espéranos, Putin, allá vamos.

Me tocó ver toda la eliminatoria en Madrid y ha sido muy especial. La selección me ha acercado a mi país más que nunca eliminando cualquier posibilidad de ser víctima del Síndrome Estocolmo. Valieron la pena absolutamente todas las madrugadas.

Trato de no pensar en lo que va a ser cantar el himno peruano en Rusia porque si lo sigo haciendo voy a dejar de concentrarme en absolutamente todo, pero, por otro lado, es en lo único que quiero pensar. Era válido soñar. No hay mal que dure 36 años. El trabajo con humildad paga. Siempre.

ARRIBA PERÚ CARAJO