Chichapolitik zurda, por Pablo Ferreyros

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Susana Villarán se presentaba como la adalid de la moralidad y la decencia política, como alguien diferente a sus adversarios. Durante la revocatoria llego incluso a explicar los ataques contra su gestión como parte de una conspiración de la “mafia”. Ahora, sin embargo,  es la flamante aliada del candidato del oficialismo, el ex militar Daniel Urresti. Atrás quedan los días en que, refiriéndose a este,  dijera “No me parece un candidato para la presidencia de la República (…), no le veo el perfil de un estadista. El Perú necesita personas con visión de Estado, de largo plazo”. Parece haberse dejado atrás, también, cualquier preocupación que pudiera existir por su estilo autoritario o por su presunta participación en el asesinato del periodista Hugo Bustíos; algo especialmente contradictorio en una ex relatora de la CIDH que persiguió a militares colombianos que lucharon contra las FARC.

Los cuestionamientos que Villarán parece ignorar, sin embargo, van más allá del candidato de estilo autoritario al que respalda para posarse sobre los líderes del partido con el que postula: la pareja presidencial. Como se recuerda, durante su insatisfactoria gestión edil, Villarán se presentaba como una mujer honesta enfrentada a la corrupción, de cuyos defensores provendrían las amargas críticas en su contra. La pareja presidencial a la que ahora se ha aliado, sin embargo, afronta múltiples acusaciones de corrupción que van desde el caso Belaunde Lossio hasta las ya reconocidas agendas que tanto se empeñaron en negar. ¿Qué nos dice esto de Villarán? No solo confirma su falta de palabra ya evidenciada antes al tentar cargos a los que había prometido no postular (reelección edil y actuales elecciones presidenciales). También se evidencia una falta de respeto por sus principios de honestidad y derechos humanos que tanto había defendido de boca para afuera y por los electores que le creyeron. La hipócrita coalición, sin embargo, sigue puntuando bajo en las encuestas y no parece tener mayor futuro político.

Anel Townsed también gustaba de presentarse  como el animal político que ha alcanzado la cima de la evolución moral y que pertenece a una especie de decentes en extinción. Al igual que su aliada Villarán, también se esforzaba en presentar la revocatoria como parte de una conspiración del stablishment corrupto y en descalificar con tal epíteto a quien osara criticarlas. Hoy, sin embargo, es vocera y candidata a la vicepresidencia de Cesar Acuña, un ser con múltiples denuncias de corrupción que representa como nadie la degradación de la política nacional, la crisis de la institucionalidad y el fracaso de la regionalización. Acuña no solo usa fondos de sus universidades para fines políticos de manera descarada y abierta, también ha creado redes clientelares para asegurarse votos de las familias más humildes volviéndolas dependientes de  subsidios estatales (al estilo de Maduro) o de tanques de agua puestos por su partido.  A esto se suman, además de haber embarazado a una menor a quien le doblaba la edad, excentricidades como un sillón municipal con su cara tallada en el respaldar y acusaciones que van desde violencia familiar hasta asociación ilícita para delinquir.

Si alguna hipocresía supera la de Villarán, esa es sin duda la de Anel Towned. Este caso, sin embargo resulta más preocupante que el otro por su creciente aceptación en las encuestas. Ya no son solo las redes clientelares ni el caudillismo regional de Acuña, sino lo que parece ser una inteligente estrategia para captar el voto de un sector insatisfecho. Con sus iniciales aires de juventud y recambio generacional, Verónika Mendoza pudo haber captado a un público más amplio y moderando, como el que votó por Villarán en 2010 o por Humala en 2011. Sin embargo, se movió demasiado rápido hacia un extremo aliándose con agrupaciones radicales y poniendo como vicepresidente a Marco Arana. Dejó así en orfandad a un sector progresista al que los miembros de la alianza oficialista, hoy percibidos como corrutos o ineficientes, ya no convencen. Acuña parece haberse dado cuenta, como sugieren la designación de Townsed en su plancha presidencial y su populismo en aumento. Esto no le hará ganar, naturalmente, pero sí meter más fichas clave en congreso y adquirir gravitación propia. Si esta fuera realmente su estrategia, estaríamos viendo la completa chichificación de la izquierda y la caída en ridículo de los discursos moralistas que tanto pronunció a inicios de esta década.