Todos Vuelven: La añoranza del refugiado venezolano, por Pedro Horna

367

Era domingo y quedé en encontrarme con Carlos Caguana, un reconocido “Venetuber” -youtubers venezolanos- en Perú, en el restaurante venezolano “Asuu Arepa” de Miraflores poco después de la 1 de la tarde. Al llegar, encontré tan sólo un local cerrado. Y una pequeñísima puerta –que claramente no era por la que el público ingresa- abierta. Me acerqué y pregunté si es que habría atención, y un joven me respondió que no. Un alto hombre, de unos 40 años aproximadamente salió y se dirigió a mí muy amablemente. Era el dueño, Jesús Araujo. Bastó cruzar un par de oraciones con él para entrar en confianza.

Le expliqué que me encontraba haciendo una investigación sobre la situación política de Venezuela, y que tenía planeado encontrarme con Carlos en la arepera, ubicada a tan solo dos o tres casas del cruce de la calle Porta con la avenida Benavides. “¡Caramba, no atendemos los domingos! Sólo de lunes a sábado”, me dijo Jesús, que se encontraba en un desayuno familiar en las instalaciones. Sin embargo, al notar que esta conversación tendría como fruto exponer la grave situación que atraviesa el país caribeño, me invitó a pasar. Una vez dentro, me confesó que él profesa una ideología de “Ultraderecha”, tras haber visto las atrocidades que ha causado el socialismo en su patria. Definitivamente, un hombre muy bien entendido en temas de política.

A los pocos minutos, un joven de no más de 26 años apareció en la puerta. Era Carlos. Entró y nos invitaron a tomar asiento en una de las mesas del local. Caguana se presentó como un joven egresado de la Universidad Católica de Caracas de la carrera de letras. Un muchacho emprendedor que llegó a tierra peruana con la intención de permanecer por tan sólo un tiempo, pero que al hablar de problemas que atravesamos como sociedad, demuestra que los siente tan suyos como las vicisitudes que atraviesa Caracas. Hoy, trabaja en un restaurante de comida tailandesa en Surco.

Pude entender que su gran entendimiento en temas de política, su pasada participación en marchas y su amor por las letras lo llevaron a abrir un blog, que se llamaba “Lo feo de Caracas”. Cuenta que nunca perteneció a ningún partido político, pero sí estuvo presente en las marchas de la oposición, y da fe de la violencia utilizada por el ejército chavista. Sin embargo, es consciente de que en un universo transmedia, en el que la gente consume más medios visuales que escritos, y en el que una acción es más valorada que un silencio literario, lo motivó a comenzar con el canal de YouTube.

Mientras conversábamos, Jesús apareció con dos individuales, y enseguida colocó en la mesa un par de bebidas, que me atrevería a decir que eran emolientes. Luego de tanta conversación, el brebaje helado terminó siendo el combustible perfecto para continuar nuestra tertulia. Entre tanto, Araujo observaba y escuchaba la conversación. Es curioso, increíble y conmovedor cómo cambia el rostro de un hombre cuando llega a sentir que un pesar es comprendido por otras personas. Y es que sólo me explico de esta manera las expresiones de Jesús. Sería un sentir de tranquilidad al saber que hay compatriotas –palabra no muy querida por la comunidad venezolana, porque les recuerda al socialismo- en este mismo “pedazo de tierra” que les ofrece el Perú, soñando con el fin de la crisis, luchando desde fuera y con el apoyo de los peruanos.

Durante la conversación, Carlos me confesó que en los dos años que tiene en Perú, nunca había probado una buena arepa. Probablemente porque los ingredientes no eran los mismos que se usan en Venezuela. Pero todo cambió ese día. Araujo puso sobre nuestra mesa dos ejemplares del tan tradicional y reconocido platillo –que yo probaría por primera vez- y los ojos de Carlos se iluminaron. Una vez la probó, su rostro reflejó un viaje espiritual que lo transportó a su natal Puerto La Cruz, en Venezuela. “Es la primera vez que pruebo una arepa de verdad desde que llegué”, exclamó.

Jesús se unió a nuestra conversación. Pude preguntarle algo que me intrigó desde que encontré el local: el porqué del nombre. La respuesta me abrió los ojos. “Es una convergencia entre ambas culturas. El ‘asu’, expresión tan arraigada al habla peruana; y las arepas, que son uno de los platos típicos por excelencia de Venezuela”. Es interesante cómo etimológicamente, desde el nombre de un restaurante puede uno darse cuenta cómo es que las culturas llegan a fusionarse. Aunque esto no fue siempre así. Con un sinsabor escucho salir de la boca de Carlos palabras que dejan perplejo a cualquiera. “No conseguía trabajo”. El motivo del asombro no es por el hecho de no conseguirlo, sino por el motivo per sé. Las empresas no te contratan en Perú, si es que tienes un carnet de refugiado. ¿Por qué? Simplemente porque tienen que realizar más trámites burocráticos para entrar en planilla. Pero en el corazón de Caguana, eso no importa, porque él siente un profundo agradecimiento al Perú, que le ha dado la posibilidad de tener un espacio donde puede sentirse seguro. “Sí, los huaycos fueron un tema que me afectaron mucho” cuenta Carlos. Si bien dijo que no estuvo presente en las excursiones de ayuda humanitaria, cuenta que sí estuvo aportando en lo que pudo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención en su “peruanización” fue su entrega social.

Alguna vez, Carlos, junto con un grupo de 5 voluntarios, fue a una zona de San Juan de Lurigancho a dictar clases. Él, lógicamente, dictaría lo referente a Comunicación. Y además, por iniciativa propia, les enseñó un idioma más. Luego, lo comparó con un voluntariado similar que realizó en Venezuela, donde fue a enseñar a unos pequeños de no más de 10 años. La piel se te eriza y es inevitable que un nudo se te forme en la garganta cuando oyes decir a Carlos que un niño escribe en una carta de navidad que espera que “no lo maten”. Te das cuenta en ese momento, que las realidades más adversas en tu entorno, a veces no se comparan a las vividas en otras sociedades.

Es imperativo hacer un énfasis en el tema de la enseñanza. ¿Por qué? Jesús lo deja muy en claro. Su ímpetu y fervor de derecha sale a flote, Habla con una pasión que sólo la compararía con la de un hincha viendo a su selección anotar un gol en el último minuto. “Uno debe enseñar a hacer, no darle las cosas hechas al otro. Eso significa hacer patria. Eso significa ‘sembrar el petróleo’, Pedro”. Y es que, viéndolo desde la política, tiene toda la razón. Un gobierno que le da lo mínimo de supervivencia al pueblo es un gobierno asistencialista. Un “pseudo socialismo”. La solución no está en el abastecimiento y derroche de los bienes, sino en la enseñanza para construir sus propias riquezas. “Cuando viene un chiquillo a buscar trabajo aquí, yo le digo siempre que aquí yo le voy a enseñar a hacer su dinero”, señala Araujo, con una convicción que inspira.

La entrevista se extendía más de lo que uno imaginaría, disfrutando las arepas y conversando. Por un momento, casi me siento parte de esta hermosa comunidad. El tiempo volaba y uno se mantenía absorto entre el discurso impetuoso de Araujo, erudito empírico en muchos temas de la historia política de Venezuela; y la entrega social liberal que demuestra Carlos. Y me resultó inevitable preguntarles sobre el abastecimiento de productos de primera necesidad. Muchas veces uno piensa que es una exageración la situación en los supermercados de Venezuela. Sin embargo, para ellos, es una triste realidad. “Existen dos tipos de venezolanos en los supermercados en Perú, los que dicen ‘por fin voy a comprar leche’, y los que dicen ‘¡oh por Dios, aquí hay leche!’. Mi tía cuando vio tanta leche en los supermercados, se quebró y se puso a llorar”. Hace falta que un ciudadano venezolano te cuente esto de primera mano, para que sientas el impacto de estas frases, que terminan siendo como una cachetada de la realidad.

Las horas que estuve con Carlos y Jesús volaron. Antes que me diera cuenta, debíamos irnos. Eran casi las cuatro de la tarde. Sin embargo, no podía irme sin hacerles una pregunta más. ¿Tenían la esperanza de volver algún día a Venezuela? Ambos rostros eran la representación gráfica de la del sueño del retorno. Carlos tiene a su padre en Venezuela, y pese a sus palabras, no puedo ni imaginar cuanto ha de extrañarlo. Jesús vive con sus hijos aquí, y si bien tiene la posibilidad de estar con ellos, pude ver en sus ojos ese sol del que hablaba César Miró, ese espíritu aguerrido sediento de libertad.

Una larga despedida y una nueva invitación a la arepera para tomar un café y conversar de política selló el final de nuestra reunión. Una conversación más fructífera de lo que jamás podría haber imaginado. Camino a casa, solo podía pensar en aquel viejo refrán, que cobró sentido por fin para mí. “Uno nunca es profeta en su propia tierra”. Pero al final, quizá con una mezcla cultural y como un híbrido peruano-venezolano, todos vuelven.