[EDITORIAL] Tragedia Griega

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Desde fines del año pasado, y especialmente tras las elecciones del pasado 25 de enero, Grecia ha vuelto a ser la protagonista de la economía mundial, tal como lo fue en el año 2012. La elección del partido de izquierda Syriza, liderado por Alexis Tspiras, ha generado temores de que el país deje la Zona Euro y genere una mayor inestabilidad económica y financiera en el viejo continente. Este miedo tiene su origen en la plataforma de propuestas con las que Syriza ganó las elecciones, que incluye una reducción de las políticas de austeridad, y la negativa europea, liderada por Alemania, de alterar el rumbo prestablecido. Los radicales griegos, se dice en algunas partes, están poniendo en riesgo a todo el proyecto europeo.

En este diario consideramos, sin embargo, que tales radicales no lo son tanto. No deben caber dudas: las líneas de política económica de Syriza, con su interés en mantener empresas estatales y mantener una burocracia más grande de lo necesaria, dista mucho de lo que consideramos ideal. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que el primer ministro Tspiras ha mostrado una flexibilidad ideológica y pragmatismo inesperadas: no sólo se busca mantener el programa de reformas en un 70%, sino que el gobierno aún pretende acumular un superávit primario (es decir, antes del pago de intereses), aunque en vez de alcanzar 4.0% de PBI la nueva administración busca que sea de 1.5%. Como referencia para el lector, un superávit de 1.5% es lo que el Perú ha acumulado en 2013, cuando la economía crecía a 5.8%. Ese mismo año, la economía griega se contrajo 3.9%.

 Los verdaderos radicales, sin embargo, radican en Berlín, pues un déficit primario de 1.5% es lo se espera que la misma Alemania acumule este año, de acuerdo a estimaciones del Fondo Monetario Internacional. El gobierno germano argumenta que Grecia debe acumular mayores excedentes debido a su carga de deuda excesiva, pues sólo así logrará repagar pronto lo que debe. El problema, sin embargo, es que el ajuste ha sido tan rápido y brusco que la economía griega es hoy un 23% más pequeña de lo que era antes. Parece ser que la actual tragedia griega, como algunas de las historias de su pasado más ilustre, busca ser utilizada para enseñarle una moraleja  al continente entero: las deudas se pagan.

Este enfoque, que en lo superficial puede sonar muy serio, esconde no obstante una profunda falta de pragmatismo, no sólo porque existen otras formas de garantizar que Grecia pague su deuda (aunque en un periodo más largo), sino porque ignora la realidad política de la actual coyuntura. El euro refleja el proyecto político de la Unión Europea antes que una racionalidad económica específica. Como tal, sus líderes deben entender que ante lo que se enfrentan no es sólo una crisis económica en un país miembro sino en una potencial crisis de gobernabilidad en el bloque en su conjunto.

Las medidas draconianas impuestas sobre el pueblo griego, aunque reflejan un intento por proteger a la Zona Euro de futuras debacles, puede resultar siendo la semilla de la cual germine su futuro desmembramiento. Si Syriza no responde a demandas de la población, ésta pronto se tornará hacia opciones más peligrosas. Como bien lo señaló el propio ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, el día de hoy la tercera fuerza política del país heleno es un partido Nazi. El riesgo de que el descontento social ante las excesivas penurias económicas, derivadas en parte de imposiciones venidas del exterior, es una fuente de inestabilidad que Alemania, dado su pasado, debería entender más que ningún otro país.

El señor Tspiras, como el presidente Ollanta Humala de Perú, ha decidido cambiar su “polo rojo” por uno blanco. Y como aquí, tal vez no es lo que los líderes europeos prefieran, pero es lo que tienen. En vez de empujarlo a su país y a él hacia los extremos, rehusándose a hacer concesiones, es hora de que los líderes de Europa alcancen un acuerdo que flexibilice el pago de la deuda, ponga fin a la depresión económica y garantice una Grecia democrática por los próximos años. Su proyecto político, y el de toda su generación, depende de ello.