Tregua de Navidad, por Josef Zielinski

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Permítanme por lo especial de la fecha dejar de lado la política nacional y contarles una historia muy acorde a la ocasión. Una historia que nos muestra como incluso en las situaciones más extremas pueden aflorar en el ser humano los sentimientos más nobles y bellos que uno puede imaginar.

Por lo antes señalado, esta es una historia en la que siempre me detengo al momento de dictar el curso de Historia de las Ideas Políticas, no obstante las ideologías no tuvieron mucha influencia cuando estos jóvenes de buena voluntad británicos y alemanes, con una sencilla acción casi le ponen fin a la primera gran masacre de la historia del siglo XX. Me refiero a la “Tregua de Navidad” o la Weihnachtsfrieden por su nombre en alemán, que se dio en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial.

Era la Nochebuena del 24 de diciembre de 1914 en plena I Guerra Mundial.  Esa noche – por órdenes directas del Kaiser Guillermo II – los soldados alemanes reciben en todos sus frentes una ración adicional de pan, salchichas y licor con ocasión de la Navidad. Incluso en algunas trincheras se recibieron abetos que fueron colocados fuera de las trincheras e iluminados por los soldados alemanes (los árboles navideños no eran muy comunes fuera de Alemania a principios del siglo XX), quienes con villancicos y oraciones celebraban la Navidad. Específicamente en las trincheras ubicadas cerca de la ciudad de Ypres (actual Bélgica), un grupo de soldados alemanes cantaban villancicos y los soldados británicos y franceses que se encontraban a algunos cientos de metros al otro lado de las trincheras, respondieron también con villancicos y cambiaron las balas por saludos y buenos deseos desde ambos lados de la “tierra de nadie”. A la mañana siguiente, día de Navidad, algunos soldados alemanes se atrevieron a salir de sus trincheras e intercambiar cigarrillos y chocolates con sus pares británicos y franceses. La confraternidad entre todos se fue haciendo cada vez más grande, al punto que la ocasión fue aprovechada para levantar los cadáveres de los caídos en la “tierra de nadie” y se celebraron ceremonias religiosas conjuntas – entre alemanes, franceses y británicos – para enterrarlos. Incluso se llegó a disputar partidos de futbol entre franceses, británicos y alemanes, los cuales – según testimonios de la época – casi siempre eran ganados por los soldados alemanes (desde esa época ya Alemania mostraba su superioridad en el deporte rey).

Posteriormente, los soldados – e incluso varios oficiales – británicos franceses y alemanes que estuvieron involucrados en este episodio, ya no deseaban continuar peleando contra personas que ya consideraban sus amigos y las acciones bélicas se detuvieron incluso por más de un mes en algunos frentes. Esta fue una ocasión de oro para que las partes en conflicto pusieran fin a esta terrible guerra que degeneró en un espantoso conflicto y culminó cuatro años después. Pero por la ambición y necedad de los altos mandos de las partes en conflicto, esta oportunidad se desaprovechó, teniendo como resultado final la pérdida de más de 15 millones de vidas humanas.

Esta historia nos muestra algo extraordinario. Cómo incluso en las situaciones más extremas puede aflorar en todo ser humano aquella parte divina que todos poseemos, que irónicamente nos llama a ser más humanos y tolerantes con el prójimo. Y estos sentimientos no están reservados únicamente para nosotros los cristianos, dado que – como bien se puede interpretar de la lectura a San Agustín – todo aquel que busque la verdad, el bien y la virtud es miembro de la “ciudad de Dios”, es decir busca también su parte divina interior y trata de cultivarla, llegando de otra manera a la “ciudad de Dios”.

En este caso particular, llámenlo espíritu navideño o intermediación divina, pero lo evidente en este caso es que ocasiones como la Navidad siempre nos ayudan a sacar lo mejor de cada uno de nosotros, que lo ideal sería que esta sed de verdad, justicia y virtud la tengamos los 365 días del año.

Que esta fecha nos sirva entonces para reflexionar sobre qué acción podemos realizar para contribuir a mejorar este mundo, nos ayude a sacar también lo mejor de nuestro interior y que el niño Dios ilumine todos sus hogares en este día. Si la Navidad fue capaz de casi detener a la Primera Guerra Mundial ¿por qué nosotros no podemos proponernos ser simplemente mejores personas y preocuparnos un poco más en nuestros semejantes?

Una feliz Navidad para todos ustedes y sus familias y que Dios ablande el corazón e ilumine las mentes de las autoridades venezolanas y liberen a los presos políticos en esta Navidad.