Trump y la Corte Suprema, por Daniel Masnjak

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Uno de los puntos clave de los debates entre Donald Trump y Hillary Clinton fue el futuro de la Corte Suprema de Estados Unidos. Tras la muerte del juez Antonin Scalia en febrero, la corte quedó conformada por ocho jueces, quedando pendiente que el Senado confirme al nominado del presidente Obama, Merrick Garland. El líder de la mayoría republicana anunció en su momento que la nominación no sería sometida a voto por ser un año electoral y lo ha cumplido. Ahora que se sabe quién será el nuevo presidente, y con los republicanos manteniendo la mayoría del Senado, será Trump quien nomine al sucesor de Scalia.

Pero la cuestión con la corte no era solo el reemplazante de Scalia. También está el que tres de los jueces actuales tengan más de setentaicinco años, pudiendo retirarse en cualquier momento. Esto deja en campo del nuevo presidente la posibilidad de nominar hasta cuatro jueces vitalicios, en una corte con tradicionalmente nueve miembros. Para parte de quienes hicieron ganador a Trump, la elección se reducía a ese punto: evitar que tal poder llegue a las manos de Clinton. ¿Por qué?

La respuesta tiene que ver con el poder que la corte ha ido acumulando en el tiempo y la forma en la que lo ha usado, particularmente en las últimas décadas. En 1999, alguien dijo que “la judicatura americana se ha convertido en un ‘sacerdocio secular’ al que los americanos recurren cada vez más para encontrar soluciones a dilemas colectivos morales y espirituales”[1]. Y en cierto sentido es verdad. Aborto, matrimonio, libertad religiosa, acción afirmativa, pena de muerte. Los temas más polémicos terminan siendo resueltos por un grupo de abogados encargados de leer los signos de los tiempos.

Por algún motivo, hay quienes creen que cuando la Corte Suprema se ha pronunciado sobre algún tema social/cultural, a los americanos no les queda más que exclamar alguna versión secular de Roma locuta, causa finita. Pero si en la Iglesia eso genera malestar en quien no es respaldado, con mayor razón en una democracia. Creer que con la publicación de una sentencia quedan medianamente zanjados los temas más polémicos es propio de quien barre y esconde todo bajo la alfombra. Claramente se trata de un enfoque que soluciona las cosas de arriba hacia abajo, desde el aparato estatal hacia la sociedad civil y no al revés.

Pero luego llegan las elecciones y le toca a la sociedad civil poner al gobierno. Aquellos sectores cuyos valores son relegados por las decisiones de la judicatura, que por naturaleza no es representativa, ¿a quién van a elegir? Al que les promete una corte que ampare sus valores. Y eso les ofreció Donald Trump.

Cómo resultará todo esto, no se sabe. Para empezar porque los jueces Kennedy, Ginsburg y Breyer podrían hacer el esfuerzo y postergar su retiro el mayor tiempo posible. Por otro lado, prestigiosos críticos del activismo judicial y promotores del originalismo en Estados Unidos, como Steven Calabresi y Yuval Levin anunciaron antes de la elección que no votarían por Trump ni lo consideraban un candidato que represente los valores del constitucionalismo americano.

Lo cierto es que el mayor de los temores de la base de los demócratas, en cuanto tiene que ver con la Corte Suprema, es que se reviertan decisiones emblemáticas como Roe v. Wade. Pero las nominaciones a esta se volvieron un campo de batalla más justamente por decisiones como esa. Y si termina la corte siendo una aplanadora conservadora (porque el activismo judicial  no solo es progre), parte de la responsabilidad será de quienes la convirtieron en una aplanadora, en primer lugar.

[1] Ver: How the Court Became Supreme? Por Robert Lowry Clinton.