Uber y la mediocridad, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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“Vienen esos gringos y nos joden el negocio, compadre”, me dice Humberto, emocionado por la conversación, ignorando una señal de ‘Pare’. El auto tiembla y el espejo retrovisor amenaza con desprenderse del techo. “No es justo, hermano, hay que ayudarnos entre peruanos, consumir producto peruano, ser patriotas”. Llegamos a mi casa y le acerco un billete de diez soles “habíamos quedado en doce, hermanito”, protesta. No, no habíamos quedado en doce, de hecho eso era lo que me había querido cobrar al principio pero, luego de un poco de regateo, habíamos quedado en diez. “¡Ah, verdad! Tienes razón, hermanito, me había olvidado”. Me bajé del auto y lo vi alejarse. ‘Fuera Uber’, chillaban unas letras amarillas en el vidrio de atrás.

Hace más o menos 5 meses me convertí en un asiduo consumidor de Uber. Mi viaje con Humberto se dio solo porque se me había acabado la batería del celular y, también, porque me interesaba escuchar la opinión de un taxista sobre la empresa en cuestión, él, al fin y al cabo, era uno de los miles de conductores que protestaron contra ella. Él estaba convencido de que los de Uber eran una banda de trúhanes que querían destruir la forma en la que se ganaba la vida y que, obviamente, alguien tenía que detenerlos.

Claro y eso sería lo más fácil. Alguien viene, prohíbe la existencia de Uber y se acabó, así la gente solo consume “producto peruano” (aunque en Lima nunca me ha tocado un conductor de Uber que no sea peruano). Bien por los taxistas, pues, fue poco el esfuerzo empeñado para lograrlo, bastaron unas cuantas arengas y obstaculizar un poco el tráfico y nada más ¿por qué perder tiempo mejorando el servicio si puedo sacar del mercado a mi competencia?

Y es que para los taxistas el problema es Uber y no, por supuesto, la gente que escoge dicho servicio por encima del que ellos proporcionan. Y el problema de la gente que solo consume Uber no se soluciona quitándoles la opción de consumirlo, se soluciona haciendo un poco de mea culpa y preocupándose por dar un mejor servicio. Claro, es un poco complicado, después de haber estado acostumbrado a competir solamente con uno o dos taxistas por la preferencia de un solo consumidor, pasar a competir con un servicio que funciona a nivel internacional y que se vale de un sistema predecible de cobro que no responde al humor o antojo del conductor, no es tarea fácil.

Para mí, claramente, en un duelo entre los taxis callejeros y Uber, gana este último.

¿Por qué? Uber me permite usar el servicio sin tener que pagar en efectivo (me saca de aprietos cuando solo puedo valerme de mi tarjeta). En muchos casos me sale más barato que un taxi de la calle. Las tarifas responden a una serie de criterios establecidos por un sistema computarizado y no al cálculo arbitrario del conductor. Me da una sensación –quizá espuria– de seguridad. Los autos están en mejor estado (el auto del pobre Humberto parecía que se mantenía pegado con baba). Los conductores son amables –incluso, en más de una ocasión, me han ofrecido una botella de agua o un caramelo (que rechazo respetuosamente) –. Nunca me dicen que “no van” a un lugar, simplemente van.

El punto es que me dan un mejor servicio y al consumir su producto siento que estoy haciendo un uso eficiente de mi dinero. Un intento de regular Uber, o de extirparlo del mercado (como piden los taxistas), terminaría perjudicando directamente a los consumidores. Esto no solo porque no van a poder hacer uso del aplicativo móvil, también lo sería pues, al sucumbir a los taxistas se sucumbe al servicio mediocre que prestan y se elimina todo tipo de incentivo para que vendan un producto de mejor calidad.

Si en busca de salvaguardar a los taxistas que no tienen interés en dar un mejor servicio, el Estado mete su mano nada invisible y empieza a imponer regulaciones y obstáculos a Uber, vamos a estar condenados a quedarnos con un servicio de taxis sumido en la prehistoria. Vamos a tener que conformarnos con la mediocridad.

Es triste, definitivamente, que los taxistas estén sufriendo una caída en sus ventas y que, en consecuencia, tengan menos dinero para darle a sus familias. Pero la cruda realidad es que la plata no llega sola y tampoco se regala y el mismo valor que ellos le dan al dinero, se lo dan los consumidores y es solo lógico que escojan gastar lo que ganan en la opción más inteligente.

Preocúpese, señor taxista, por ser esa opción.

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