[EDITORIAL] Un circo en 140 caracteres

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Las recientes declaraciones en Twitter del ministro Daniel Urresti, en las que pasa del ataque político al agravio contra los adversarios políticos del régimen humalista, han desatado una condena generalizada en los medios de prensa y en la oposición. Incluso la propia Premier Ana Jara se ha mostrado claramente incómoda con la situación pese a no ser capaz de deslindar completamente con Urresti, probablemente debido a la tácita aprobación que la pareja presidencial brinda al comportamiento del ministro del Interior.

La gota que derramó el vaso, y que generó rechazo generalizado, fue la decisión del ministro de compartir en la red social un comentario en el que aparecían fotos de mujeres del entorno personal y familiar del expresidente Alan García. Un gesto, qué duda cabe, de muy mal gusto, pero también de orfandad intelectual y política. Porque el señor Urresti es, en opinión de este diario, sólo un síntoma (tal vez el más extremo, pero al fin y al cabo uno) de lo pobre que se ha tornado el debate político en el Perú. Cabe recordar que hace tan sólo unos meses, antes de los exabruptos del ministro, su par en la cartera de Defensa, Pedro Cateriano, se enfrascó en una gresca virtual con el congresista aprista Mauricio Mulder que era más propia de pandilleros de callejón que de líderes nacionales. La falta de criterio, por cierto, no es sólo patrimonio del gobierno, pues la oposición ha tenido también sus excesos: no hay que olvidar que el congresista Kenji Fujimori, ahora víctima de las diatribas de Urresti, fue el autor de la infame referencia a la “burrocracia” en vez de meritocracia cuando sostenía un debate con la anterior titular de Educación, Patricia Salas. Las lista de ejemplos, lamentablemente, continúa y podría extenderse por varias líneas más.

La política no es un deporte de guante blanco, evidentemente. Sin embargo, el comentario político puede ser incisivo e incluso mordaz sin recurrir al agravio. Este medio es en sí mismo un ejemplo de ello: nuestros columnistas, de diferentes perfiles profesionales y estilos distintos, son en algunos casos sarcásticos, en otros abiertamente acusadores y muchas veces políticamente incorrectos. En Lucidez creemos que el debate político, económico y social debe ser frontal y decidido. Pero para esto no es necesario despojar a los adversarios de sus cualidades inherentes como personas. Es insensible que, para responder a un opositor, el ministro Urresti haga referencia a las enfermedades mentales cuando las mismas son una realidad que, en mayor o menor medida, padecen el 30% de peruanos según algunas estimaciones. O que despoje de su condición humana a un exministro del Interior para tratarlo como perro, ya que el referirse a los adversarios como animales es una práctica propia de algunos de los regímenes más opresivos de la historia reciente. Ser ingenioso no es lo mismo que ser vulgar. Y como sucede con la violencia física, la violencia verbal es la expresión desesperada de quien no siente que puede ganar únicamente sobre el mérito de sus ideas.

La incorporación de los políticos a las redes sociales–muchas veces inefectiva y otras tanto torpe–probablemente ha acelerado el proceso de descomposición retórica que nuestro debate político enfrenta. Es legítimo hablar de “reelección conyugal”, pero no lo es, en cambio, el referirse al Presidente de la República como “Cosito”; es absolutamente válido acusar al periodo 1985-1990 de ser un quinquenio perdido, pero aludir al peso o dimensiones físicas de un expresidente no sirve a dicha causa. El límite de Twitter tiene como propósito la brevedad al comunicarse, pero a veces pareciera que esta es muy holgada dado el tamaño de las ideas de nuestro políticos. El triste resultado es que nuestros problemas de inseguridad, crecimiento o institucionalidad se ven reducidos a nada más que un circo en 140 caracteres.