Un conflicto de interés más, por Eduardo Herrera Velarde

310

Existen ya algunas normas legales respecto a este tema, pero diera la impresión que el concepto no queda del todo claro porque -literalmente- se nos siguen “escapando las tortugas”.

Que un congresista defienda intereses, por ejemplo, de empresas panaderas, no tiene ninguna afectación; es más debería impulsarse que esto fuese directo y, aquí viene el detalle, transparente. La afectación no reside en favorecer -o pretender hacerlo- a un grupo de interés, el asunto es que ello se mantenga (presumiblemente) oculto.

El conflicto de interés es una figura extraída de la actividad privada y, palabras, más palabras, menos se resume en la siguiente frase: estar en los dos lados del mostrador. No obstante, los conflictos de intereses se hacen más notorios en el Estado porque afectan gravemente la confianza hacia el funcionario público.

Un funcionario público que labora en el sector público, por ejemplo, dando licencias a empresas de radio y antes fue asesor de las mismas sí tiene un conflicto de interés abierto. Pero ¿qué hacemos si el ahora funcionario declaró esto “ex ante” y nadie puso objeción?

¿Cuál es la diferencia entre un caso y el otro? La diferencia radica en, precisamente, estar en los dos lados del mostrador; es decir, estar en condiciones de tomar una decisión irregularmente que beneficie a un grupo determinado. Si eso concurre, como en el caso del que otorga las licencias -decisión dependiente de una persona-, entonces nos encontramos frente a un conflicto de interés, a diferencia del congresista que más bien es una decisión colegiada (claro, lo ético sería que el congresista se inhiba de la votación).

¿Por qué no está funcionando la legislación de la materia? Muy simple, para ello traigo a colación el dicho ruso popularizado por Reagan en la época de la guerra fría: “doveryai no provevai” que en castellano podría traducirse como “confía, pero verifica” y que yo resumo en “confía y verifica” (omitiendo el “pero” que generalmente implica una negación de lo anterior). El truco no radica en tener las declaraciones de conflictos de interés debidamente archivadas, hay que verificarlas aleatoriamente (verificarlas). Es eso lo que genera un incentivo en contra de la falsedad. Si existe la posibilidad de que te atrapen ¿alguien se atreverá a mentir? No ¿cierto?

Entendamos que el conflicto de interés, es solo un indicio de una conducta irregular que, desaparece cuando es expuesto y se toma una decisión al respecto. De lo contrario, las normas que se emitan para contemplar esos casos se vuelven relativas y declarativas; “se nos escapan las tortugas”. Y eso, fatalmente, es algo a lo que nos estamos acostumbrando en nuestro querido país.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.