Un incapaz moral permanente, ¿congresista?, por Federico Prieto Celi

"Si no puede ser presidente de la República, porque es incapaz, menos puede ser congresista".

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El diez de noviembre del 2020 el Congreso aprobó la vacancia presidencial contra Martín Vizcarra por causal de incapacidad moral permanente, por lo que no puede ser éticamente candidato a congresista, ya que su incapacidad moral es permanente. Creo que hay que analizar cómo puede participar de un parlamento un presidente que ha sido vacado de su puesto. Con qué autoridad puede tomar la palabra si su credibilidad política es prácticamente cero, más allá de lo que puedan decir manipuladas encuestas, digitados medios de comunicación, y vientres de alquiler nominados partidos políticos.

Se trata de un claro caso de moral política pública: si no puede ser presidente de la República, porque es incapaz, menos puede ser congresista. Los hechos históricos concentran su incapacidad moral política pública en decir mentiras. Mentir es decir una cosa falsa en vez de verdadera. Es engañar en vez de convencer. Es burlarse del pueblo en vez de servirlo. Desde el punto de vista de la moral judeocristiana es hacer algo prohibido, como recordó el papa Francisco. Dijo que el octavo mandamiento ‘No dirás falso testimonio ni Mentirás’ prohíbe falsear la verdad en las relaciones con los demás (Roma, 14.11.18). Es lo que hacía constantemente Vizcarra.

Si queremos tomar un ejemplo, tenemos el de la mentira de las mentiras: tranquilizar a la población diciendo que el gobierno había comprado vacunas contra el covid-19 cuando no lo había hecho. Lo desarrolla Federico Salazar Bustamante en su artículo del 20 de diciembre en un diario local, que me dispensa de repetir el hecho, por otra parte ventilado ya en todos los medios de comunicación, de una manera u otra.

Paradójicamente, ya se puede decir objetivamente que es verdad que Vizcarra  mintió. Su gobierno ha sido el reino de la manipulación publicitaria, mentiras políticas y fake news, lo que lo incapacita éticamente para postular a ningún cargo público. El Jurado Nacional de Elecciones no puede ir contra una decisión soberana del Congreso de tachar a un presidente de incapacidad moral permanente, por lo cual no puede acogerlo como candidato congresal.

El tan maltratado Tribunal Constitucional tampoco puede pronunciarse por una pretendida legitimidad para ser candidato, puesto que es, hay que decirlo muchas veces, incapaz moral permanente. ¿Cómo podría legislar una persona que el Congreso al que pretende incorporarse por el voto popular lo ha repudiado como primer mandatario de la Nación? 

No estoy juzgando la conciencia de la persona. Sus mentiras pueden ser fruto de un proceso psicológico que ha culminado con una ignorancia invencible, que le impide distinguir entre verdad, opinión, engaño y falsedad. Estoy hablando del hombre público, del político que ha sido gobernador, embajador, ministro, viceministro y presidente de la República. 

Vergüenza es el sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos. El presidente parece no tener vergüenza. La historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su The Book of Human Emotions, dice que vergüenza ajena, frase que cita en castellano, es el sentimiento de tortura exquisita, una humillación indirecta, normalmente hacia extraños (Jaime Rubio Hancock, Madrid, El País, Verme, 2.09.16). Los peruanos no debemos sufrir de vergüenza ajena por ver a un presidente vacado por incapacidad moral permanente sentado en una curul del parlamento.

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