Un país por la Justicia, por Eduardo Herrera

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Lo sucedido con Paolo Guerrero muestra varios fenómenos que son relevantes para un análisis de cómo actúa la Justicia en un caso con alto impacto para nuestro país. De cómo se vive, de las apetencias y resquemores, no menores, para validar nuestra posición ante la Ley y el cumplimiento de resoluciones. Esto no solamente es clave para la administración de la Justicia, sino también, en general, para la institucionalidad (algo que nuestro país necesita a gritos).

La resolución es sumamente antipática, pero objetivamente es correcta. La FIFA sanciona el ingreso de sustancias prohibidas en el organismo del jugador y eso es lo que ha ocurrido. Listo.

Ahora que la norma que regula esa sanción sea desproporcionada, eso es, como dicen, “harina de otro costal”. Si alguien quiere cambiar la norma deberá hacerlo para casos de ahora en adelante, pero me temo que esto no sucederá (ojalá me equivoque). Muchos organismos se han pronunciado, se han producido marchas, pero poco a poco la efervescencia ha disminuido. Me temo que nadie va a forzar un cambio normativo aunque la norma sea excesivamente dura. Hasta que le toque a él o a ella padecer un caso semejante (algún otro deportista seguramente será sancionado a futuro). Así funciona trágicamente la Justicia, sobre todo en nuestro país, a nadie le interesa el drama del otro hasta que no lo vive en carne propia, y, mucho son aspavientos o “fintas”. Por eso es que la Justicia no experimenta una reforma en serio. Hay que tener cierto nivel empático.

Hablando de bulla y demás alaraca (incluso un cómico candidato a la alcaldía limeña quiso subirse ágilmente al coche del bochinche nacional), cuesta creer nuestro atrevimiento al opinar sobre una resolución. Nos jode el fallo y lo vemos injusto, pero si la norma es así ¿está el organismo competente cometiendo una arbitrariedad?

Entonces se produce la resistencia, irracional, por cierto. Salgamos a incendiar las calles, hostiguemos al hotel, hay que bloquear la página de FIFA hasta que nos hagan caso. No importa nada, el debido proceso, la institucionalidad, que el mismo jugador se halla sometido al proceso, nada. Hay que patear el tablero, a ver si lo indultan (cualquier parecido con otra realidad es coincidencia). Cabría preguntarse ¿así queremos construir institucionalidad? O sea ¿sino me gusta el fallo no lo acepto?

Finalmente, tengo que anotar la posición más odiosa del artículo. Nunca, nunca, nunca, escuché, ni leí una asunción de responsabilidad y creo que por ahí habría que comenzar. Nadie obligó al jugador a beber la infusión. Solamente escuché de su parte una metralleta de alusiones e imputaciones a terceros. Un hombre solo, en su interior debería reflexionar, en la madurez y aceptar las consecuencias. Ahí se verá al líder.

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