Una sociedad creible, por Ernesto Álvarez Miranda

744

En la época de mis padres, un editorial del New York Times podía hacer tambalear al  gobierno norteamericano, porque su credibilidad estaba por encima de los posibles intereses que hubiera podido tener la empresa periodística, sus directores o sus periodistas. El Partido Socialista francés, al igual que el Republicano o el Demócrata, estaban constituidos por gente seria, políticos de un alto nivel de formación y cultura, que llegaban a la cima partidaria después de demostrar capacidad, liderazgo y reciedumbre. Habían grupos intermedios confiables, posiblemente llenos de errores, pero que ejercían un determinado rol social, predecible y coherente con las tendencias de sus integrantes.

Vivimos hoy un mundo en transición, donde las instituciones no cumplen mas la tarea para las que fueron creadas, aunque mantengan el discurso y algunas formalidades. Los medios de comunicación no son objetivos al brindar la noticia sino activistas radicales para sus causas, los políticos no defienden los intereses de sus electores sino los de quienes financian sus lujos, los jueces no inspiran respeto, las investigaciones son sesgadas y sus resultados se negocian. Y no solo en el ámbito público, el trabajo esforzado y el cumplimiento de las reglas no constituyen valores en la sociedad moderna, las nuevas generaciones no perciben el sacrificio personal y la dedicación al estudio como las mejores vías hacia el éxito. Lo que importa es el placer en todas sus formas, elevado a la categoría de derecho fundamental, el pasarla bien, el ser feliz. No resulta extraño que muchos jóvenes no encuentren sentido a sus vidas y que el suicidio se incremente en los países más desarrollados.

Este fenómeno se está agudizando en todo Occidente, y lo que sucede en el Perú es tan solo un reflejo del mundo actual. El ciudadano tiene motivos fundados para desconfiar ya no solo del político, sino también del fiscal, del juez, de periodista, del educador y del empresario, en general, de toda aquella persona capaz de influir sobre la opinión pública o sobre el curso de los acontecimientos.

Se trata de un proceso que encuentra explicación en la naturaleza humana y en pérdida de los valores que sostienen la civilización. Así como el  juez descubre que puede resolver un conflicto sin limitar su fallo a la ley, el fiscal que manipula su investigación para evitar llegar a la verdad, el médico que receta pensando en merecer el premio del laboratorio, el empresario que se colude con el funcionario para robar nuestros impuestos. En el fondo, es el ser humano quien sopesa el beneficio que le representa dejarse vencer por la tentación con el costo que podría ocasionar ser sorprendido en falta. Si los sistemas de control son laxos y permeables, el temor al castigo disminuye en proporción directa al nivel de impunidad. Solo así se explica la operación de bandas  internacionales que promueven inmensas obras sin necesidad, multiplican costos, e influyen en procesos electorales: porque el beneficio evidente es muy superior al costo probable.

Posiblemente la mitad de los peruanos creemos probable que nunca se llegue a conocer, realmente, la dimensión del sistema delincuencial que las ya conocidas empresas brasileñas montaron en nuestro país, durante décadas, sin que nadie se haya percatado. Pero entendemos inaceptable esta pérdida de miles de millones de dólares en varios proyectos, mientras la sociedad peruana los necesita para asegurar su futuro con una educación pública de calidad. No se trata tan solo de las coimas e incentivos de todo tipo, sino de los compromisos injustos e irracionales con los que el estado quedará atado, por las siguientes décadas. Lo que sentimos respecto de ello, ineludiblemente, tendrá un efecto en la política y en nuestro comportamiento electoral en 2018 y en 2021.

Se puede estar incubando un fenómeno de verdadera y silenciosa indignación ciudadana, que nos conduzca hacia populismos mesiánicos con nuevos personajes sin escrúpulos ni trayectoria, haciéndonos repetir los errores del pasado o, de lo contrario, que el electorado se vuelva hacia una figura conocida pero no contaminada con el escándalo, siempre que sus gestos y acciones nos hagan albergar la esperanza de restablecer una sociedad sólida, con los valores que en la Patria de nuestros abuelos se consideraba evidentes e insustituibles, y cuya ausencia hoy lamentamos.