Venezuela, Perú y el victimismo como coartada; por Octavio Vinces

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Si nos atenemos a lo expuesto por Daniele Giglioli en su libro Crítica de la víctima (2017), podemos afirmar que la víctima, en tanto protagonista de nuestro Zeitgeist o espíritu del tiempo, es inimputable. Su vulnerabilidad, su sufrimiento presente o pasado, despiertan una empatía tan irrestricta que la posibilidad de declararle culpable de algo resulta inviable. El victimismo se convierte entonces en la coartada perfecta. Con base a este, hasta la crítica más razonable puede ser desvirtuada y repelida de manera bastante eficaz (por racista, machista, homofóbica, xenofóbica, antisemita, u otra etiqueta que venga al caso). 

Inimputable es la persona incapaz de comprender las consecuencias que traerá la realización de sus actos, y a quien, como tal, no puede atribuírsele responsabilidad. La inimputabilidad presupone, por tanto, la ausencia –o una limitación significativa– de libertad. Y sin libertad no hay modernidad. El hombre moderno abandona la condición de ser natural, sometido a las reglas del cosmos y los vaivenes del destino, para tornarse dueño y libre constructor de su propia biografía. Y, correlativamente, deviene transformador de la naturaleza. La manipula en su beneficio. La aprovecha a su favor.

El impulso modernizador del siglo XX venezolano estuvo ligado de forma indisoluble al petróleo, y al desarrollo social y económico que este recurso natural supuso. Además, la implantación formal del modelo de democracia liberal hizo que, dentro de la región, la venezolana fuera percibida como una sociedad adherida a algunos de los valores más importantes de la modernidad. Movilización e inclusión sociales, apertura, tolerancia y ciudadanía fueron también facilitados –con innegables excepciones y matices– por la distribución de la riqueza petrolera. En su rol de explotadora de la naturaleza, una sociedad venezolana inserta en la modernidad pudo haber sido un ejemplo arquetípico, casi de manual.

El chavismo irrumpe como un fenómeno hostil a la modernidad y la idea del progreso que le es connatural. Echando mano de la superchería y del pensamiento mágico-religioso, declarándose enemigo confeso del liberalismo, tiene como objetivo la implantación de un modelo social y económico alternativo a Occidente, así como la gestación de un «hombre nuevo», opuesto al concepto del homo economicus, que actúa de manera racional y busca maximizar su beneficio. De esta manera, su proyecto aparece emparentado con la utopía arcaica que da título a una de las obras más notables –y, paradójicamente, menos difundidas– de Mario Vargas Llosa (La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo ―1996), y cuyas bases superviven en ciertos sectores de la sociedad peruana. Sectores que mantienen rasgos de innegable atavismo, y cuya existencia no deja de ser relevante para unos operadores políticos ávidos de apoyos y asociados a cierta prensa.

El chavismo pretende además imponerse como una creación del ethos venezolano, al que interpreta y le brinda cohesión a través de un lenguaje y una estética (incluyendo el amplio abanico de posiciones que bien podríamos denominar «chavismo antichavista»). A estas alturas tal vez sea pertinente aclarar que este texto pretende reflexionar a partir de la generalización, con lo que esto conlleva de injusticia para aquellos que no se sienten identificados con una tendencia y más bien luchan contra ella. La catarsis puede generar daños colaterales, y esto es un riesgo que uno debe asumir con humildad. Los desplazados que visten chaquetas y gorras tricolores, que hoy en día nos resultan visiblemente aceptables –en Fiebre y lanza, la novela de Javier Marías publicada en 2002, se describe con hilaridad y sorpresa la novedad de esa indumentaria-bandera impuesta por el propio Hugo Chávez–, bien podrían ser la representación colectiva de ese «hombre nuevo» que camina al borde del abismo para convertirse en carne de cañón. Acaso sean los deudos de una modernidad fenecida, adentrándose en una sociedad no acostumbrada a la inmigración, que los recibe con una mezcla de simpatía y curiosidad que en cualquier momento puede tornarse en violencia. Los detonantes para este cambio de actitud suelen ser muy variados, sobre todo en el contexto del choque de dos formas arcaicas de convivencia: pre-modernidad y modernidad fallida. El terreno para el victimismo está más que servido. La manipulación social no dejará de apoyarse en él.

No puede desconocerse que en los últimos veinte años la sociedad peruana ha logrado una estabilidad económica, que incluso se ha traducido en una cierta bonanza, y que marcha paralela a una institucionalización cuyos resortes no han dejado de activarse, aun en las recientes situaciones de crisis política (incluyendo la presente, o eso esperamos). El camino peruano hacia la modernidad ha sido esforzado y tortuoso, sin duda, pero tal vez su ancla haya sido precisamente la permanencia del modelo económico. En ese sentido, el proyecto hegemónico del chavismo también ha pretendido actuar como contrapeso, apoyando y financiando las campañas presidenciales de quien, siendo manifiestamente afín, terminó deslindándose una vez llegado al poder. Tal vez porque así se lo impuso la coyuntura del momento, con un Chávez agonizante. O porque la gobernabilidad peruana parece pasar necesariamente por el diálogo entre gobierno y capital.

Hace algunas semanas se hicieron virales las imágenes de hombres uniformados en algún pueblo del Perú, repartiendo propaganda xenófoba contra la inmigración venezolana. No se trataba de militares, como algunas personas fuera del Perú creyeron. Eran los autodenominados «reservistas» del etno-cacerismo, un movimiento político autoritario, antioccidental y antimoderno, de filiación chavista. Buscaban pescar en río revuelto. Apuntar a un enemigo y fomentar el resentimiento es una forma harto conocida de capitalización política, común a todos los proyectos autoritarios. A los venezolanos esto les tendría que recordar, aunque sea tangencialmente, su historia reciente. Concluir entonces que el proyecto del chavismo sigue en marcha, aunque sea para fagocitarse, es una posibilidad. 

Sin embargo, el victimismo no es la postura adecuada para narrar el enfrentamiento entre grupos sociales excluidos de la modernidad. Quienes aplaudieron el modelo que los condenaba, y hoy reiteran su desapego por el libre mercado, siguen corriendo el riesgo de convertirse en los damnificados de su propia utopía. En paralelo, aquellos que no han logrado incorporar los valores de la modernidad y su respeto al individuo por encima de su nacionalidad, pese a haber vivido una bonanza económica sin precedentes, comparten el mismo relato dramático. Para que este no se torne en tragedia, tal vez los venezolanos tengan que asumir su nueva condición de desplazados, con humildad y autocrítica, y el Perú, en su coyuntura presente, deba plantearse la consolidación de un proyecto moderno, que aleje definitivamente la posibilidad de que la utopía arcaica se vuelva realidad.

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