Ventajas de la bicameralidad, por Daniel Masnjak

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Uno de los grandes misterios de la sociedad peruana es quienes conforman ese pequeño porcentaje de ciudadanos que aprueba el trabajo del Congreso de la República. Algunos de sus miembros tienen actuaciones individuales relativamente destacables, pero el nombre de la institución es prácticamente sinónimo de la falta de virtudes. Es cierto que, en general, los parlamentos no gozan de buena aprobación, pero el mal de muchos no tendría por qué consolarnos.

En El nacimiento de los otorongos (2007), Meléndez y Degregori analizan la composición y dinámica parlamentaria durante los años 90. Si bien los autores aclaran que no tienen intensión de ser nostálgicos al comparar el Congreso post autogolpe del 92 con el de la década de 1980, vale la pena mencionar algunas de las diferencias destacadas en el libro. Después de 1992, las opciones ideológicas fueron reemplazadas por el cinismo y la disciplina partidaria por el pragmatismo, lo poco que había de rendición de cuentas desapareció, igual que la conexión con las bases electorales. Evidentemente, no implica que lo que hubo antes fue maravilloso, pero algo queda claro: lo que vino después y tenemos hasta hoy, ha sido peor.

Hay varias razones por las que el Congreso carece de conexión con quienes se supone representa, entre ellas, que los partidos también tienen esa carencia. Sin embargo, en la propia estructura de la institución hay cosas que pueden cambiarse para mejorar la representatividad, como los distritos electorales, el número de parlamentarios y el número de cámaras, que son elementos que están vinculados entre sí. Sobre las cámaras, regresar a la bicameralidad parece una opción sensata porque permitiría articular mejor las labores del Congreso.

¿Cómo así? Pues, por un lado, está la posibilidad de dividir funciones entre ambas cámaras, que en realidad es una necesidad porque de nada sirve tener dos órganos gemelos. Ello implica que una cámara puede quedar libre para una mayor interacción con los ciudadanos, mientras la otra conservara atribuciones como la elección de los miembros del Tribunal Constitucional o del Defensor del Pueblo, la interpelación de ministros, etc. Las comisiones investigadoras, que suelen ser los escenarios preferidos para armar el circo parlamentario, pueden quedar limitadas también a una cámara. Más allá de cómo se trazaría la división, lo importante es la ventaja que esta supondría para un trabajo parlamentario mejor articulado.

Por otro lado, las cámaras de un Congreso bicameral pueden ser elegidas sobre bases distintas. Esto es una ventaja porque, en un país tan heterogéneo, detrás de la representación por departamentos se diluyen intereses diversos que quedan sin voz. Por ejemplo, el crecimiento de la población urbana hace que los ciudadanos que viven en zonas rurales vean reducida su influencia en la definición de quién representa el departamento, lo que hace suponer que sus intereses, distintos de quien vive en la ciudad, quedan sin representar. Una cámara puede ser elegida sobre una base geográfica, mientras la otra puede seguir un criterio distinto. Otra opción es que una corresponda a distritos electorales más pequeños que la otra.

Por último, las reglas por las que son elegidos los miembros de las dos cámaras también pueden variar. Así, la renovación de una puede darse con mayor frecuencia, para que sea menos como una corte y más como un órgano eficiente de representación.