Ver cine es volver a vivir, por Alfredo Gildemeister

886

Cuando uno ve la entrega de los premios Oscar, ello constituye de alguna extraña manera, un retroceso a tu infancia -recordando a Bob Hope presentando el Oscar- o vivir nuevamente tu juventud puesto que el cine es un arte que de alguna misteriosa manera atraviesa toda tu vida. Y es que el cine como arte incluye no solo la imagen sino también la actuación de artistas, música, escenografías, colores, bailes, etc. De allí que una canción o un baile o una frase, te puede recordar no solo una película sino aquel momento de tu vida en que viste esa película, con quien la viste y todas aquellas sensaciones y vivencias que te llenaban en aquel momento. Así, por ejemplo, recuerdo que la primera vez que fui al cine, tendría unos seis o siete años, cuando mis padres me llevaron una tarde. Eran finales de los sesentas. Fuimos a la matinée del cine El Pacífico en Miraflores a ver nada menos que “Blancanieves y los siete enanos”. Me encantaba cuando poco a poco se iban apagando las luces. Primero venía el “noticiero” y siempre era el mismo título: “El mundo al instante” con noticias internacionales y algo de las nacionales, todo en blanco y negro. Luego venían las “sinopsis” de las películas que estaban por estrenarse. Y finalmente comerciales de productos o servicios como “slights”. Se volvían a prender las luces y tenías 5 minutos de intermedio para comprar más golosinas o ir al baño. Mi padre siempre me proveía de chocolates, “frunas” y lentejitas para ver la película. Luego comenzaban nuevamente a apagarse las luces y al fin, la película esperada que por lo general comenzaba con el par de rugidos del león de la Metro o la montaña de la Paramount. Fue mi primera película y me encantó. Disfruté de los enanos, me asustó la bruja y alguna lagrima osó asomarse cuando muere Blancanieves. La música ponía lo suyo y constituían canciones que un niño nunca olvidaría.

Mis padres fueron grandes cinéfilos por lo que rápidamente me introdujeron en las grandes películas y por supuesto, en las más clásicas, comenzando con “Lo que el viento se llevó”, “El mago de Oz”, “Lawrence de Arabia”, “Dr. Shivago”, Ciudadano Kane”, “The Sound of Music”, etc. por mencionar solo algunas, más las clásicas de Walt Disney. Mi abuela materna había tocado piano en el cine mudo y me introdujo a las películas del cine mudo de Chaplin, Buster Keaton, etc. Mi madre me introdujo en el cine italiano y español con las películas de Buñuel, Berlanga, Fellini, etc. así como en el francés -especialmente le encantaba las películas de Jaques Tati como “Mi tío”-. Con mi padre éramos fanáticos de todas las películas de guerra que estrenaban. Si eran de la Segunda Guerra Mundial mejor. Aprendí mucho de historia con estas películas. Todas las semanas íbamos al cine por lo que me familiarizaba con los grandes actores y actrices del momento, como John Wayne y sus películas de vaqueros, aunque “El hombre Quieto” con Maureen O’Hara fuera mi favorita. También con aquellos directores y actores de los cuarentas, cincuentas y sesentas. Pese a que era un niño, ver alguna película de Hitchcock, Houston, Capra, etc. en donde actuase Gregory Peck, Gary Cooper, Cary Grant, Jimmy Stuart, Burt Lancaster o Kirk Douglas era todo un placer; o actrices como Ingrid Bergman (mi favorita), Sofía Loren, Grace Kelly, etc. te dejaban sin habla. Y es que además de la buena actuación y una buena producción, lo esencial de un buen film es tener una buena historia.

Efectivamente, hoy siento que el cine americano ha “perdido imaginación”. Se vuelven a filmar películas que en su momento fueron exitosas (“remakes”) y terminan siendo un fracaso; o se recurre a la excelente tecnología digital americana, al puro maquillaje o a la violencia brutal, a la vulgaridad y chabacanería, o al sexo explícito para mostrar escenas o asuntos que no tienen por qué ser tan explícitos. Casi no se deja nada a la imaginación. Se recurre al sensacionalismo, a los “efectos especiales” y demás maravillas de la tecnología digital o a puras “escenas de acción” -lo cual no está mal- pero sin mostrarnos un buen argumento y una verdadera buena actuación. Más que actores o actrices, muchos de los actuales “actores” o “actrices” de moda, hoy constituyen simples modelos a los que les falta “escuela”. De allí que se extrañen buenos argumentos o historias en los films de hoy. Argumentos de películas de intriga, de amor, de acción, de verdadero humor, etc. sin recurrir al recurso fácil del mero “entretenimiento” -cuando lo logra- pero sin una verdadera calidad en la película, ya que el cine es un arte y como arte implica muchas cosas más, no solo un mero producto en busca de taquilla. A alguno le habrá pasado que cuando termina de ver una buena película, no atinas a levantarte de tu asiento puesto que te has quedado como lívido. Aún estás vibrando con esa escena, con esa música, con esa fotografía, etc. hasta que la platea entera arranca en aplausos y finalmente alguien te dice que te pares. ¡Es que has visto una buena película! De allí que se extrañen especialmente en Hollywood, buenos creadores y guionistas con imaginación, aunque siempre hay excepciones.

Ver cine es pues volver a vivir. Ver la entrega del Oscar y apreciar los clips de esas películas que alguna vez viste es volver a vivir, por ejemplo, la primera vez que fuiste al cine con una chica y estabas aterrado. ¿Cómo y dónde nos sentamos? ¿Le pago la entrada con mis propinas? ¿Y si no alcanza? ¿Qué le digo? Pues estoy seguro que si ves hoy esa película, te sentirás nuevamente un adolescente y sentirás nuevamente los nervios del momento, y la música de la película te llevará a recordar su rostro, su perfume, su vestido, el roce de su mano y cuantos chocolates se comió. Porque el cine es recordar, volver a vivir, volver a llorar y a reír, volver a amar y a sufrir. Es simplemente… volver a soñar.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.