Violencia en el hogar, por Mario Arroyo

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Resulta doloroso admitirlo. No todos estábamos preparados interiormente para el coronavirus. No todos podemos capitalizar esta forzosa oportunidad para “crecer para adentro” y redescubrir, asombrados, nuestra interioridad, nuestra familia, el tesoro que supone la vida cotidiana. Muchas personas, por el contrario, tienen dolorosas heridas y disfunciones emocionales, que canalizan a través de la violencia, la cual crece exponencialmente con el confinamiento social. Es doloroso reconocerlo, en México la violencia familiar ha crecido un 100 % durante la cuarentena, siendo 209 las mujeres asesinadas durante este periodo. La muerte acecha en la cuarentena, no solo en los hospitales, sino también en los hogares. No mata solo el virus, también los celos, el resentimiento, el odio, el rencor, la frustración, la impaciencia: la violencia.

Al constatarlo, no podemos sino reconocer que “llegamos tarde”. “Muerto el niño se tapa el pozo”. No se pueden improvisar los resortes morales, las energías espirituales, la madurez afectiva. Digamos que el confinamiento nos ofrece una radiografía de cómo está el corazón y la interioridad de las personas, una imagen de la que no se puede huir, ni hay forma de disimular. Ordinariamente, las distintas esferas en las que desarrollamos nuestra vida nos ofrecen la oportunidad de balancear las emociones, de compensar en un ámbito aquello de lo que carecemos en otro, de dosificar nuestro mal humor y frustración. En el encierro obligatorio no hay forma de huir de nosotros mismos. La realidad de nuestra interioridad resulta patente, sale a flote y se manifiesta. Y si esa interioridad está colmada de amargura y oscuridad, aquello sale a la superficie, siendo la violencia, en ocasiones, un vector a través del cual emerge toda esa frustración. Con la pandemia no podemos huir de nosotros mismos, en el encierro no hay forma de esconder lo que llevamos dentro.

Ahora bien, esa amargura, violencia y oscuridad no son fruto del COVID-19. Ya estaban ahí, solamente esperaban la ocasión de manifestarse, o se podían controlar en las condiciones más benignas de la normalidad, donde había las habituales válvulas de escape: ocio, diversión, deporte, etc. Pero ahora esa puerta está clausurada y, a falta de interioridad, no hay forma de canalizar esa presión, que explota, vehemente, a través de la violencia familiar.

Digamos que la violencia familiar, y correlativamente la violencia contra la mujer, el eslabón más frágil de la cadena, pone en evidencia la carencia espiritual de nuestra sociedad. La pobreza interior de toda una civilización queda en berlina, en medio de esta situación extraordinaria. Ya no hay herramientas técnicas para hacer frente al problema, solo espirituales, y a falta de estas, quedamos a la deriva de nuestros instintos más básicos. Ya no están operativas las soluciones exteriores, ahora contamos solo con nuestra interioridad. La violencia en el hogar, particularmente contra la mujer, deja patentes las carencias espirituales de nuestra civilización. La pobreza interior, la carencia espiritual, no haya forma de disimularse e irrumpe agresivamente a través de la violencia.

Así, mientras unos redescubren el tesoro del hogar, recuperando el aprecio por la familia, reconfigurando la escala de valores si esta había cedido el puesto al éxito, otros terminan por destruir su hogar. Mientras unos redescubren el tesoro de la familia, otros encuentran en ella un infierno, y algunas mujeres incluso la muerte. Mientras unos crecen interiormente, otros no encuentran forma de contener la amargura que inunda su alma, el dolor de sus corazones, y optan por convertir su casa en un infierno.

¿Qué conclusión podemos sacar? Así como hemos descubierto que no estábamos preparados para la pandemia, y que nuestro bienestar nos había cegado para preparar otros escenarios menos benignos, también debemos reconocer las heridas espirituales de nuestra sociedad, su dramática pobreza en este rubro, que aflora sin disimulo en las crisis familiares y en la violencia contra la mujer. Debemos entonces trabajar, con esperanza, fijos los ojos en el largo plazo, invirtiendo en la virtud y el autodominio, enseñando a paliar las carencias afectivas, y creando cauces para cultivar la espiritualidad. Por eso la religión no debería ser indiferente para el estado, pues puede aportarles a sus ciudadanos unas herramientas que él no pude dar, pero que necesita.

 

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