Virgen nuestra, por Javier Ponce Gambirazio

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Quien quiera hacerse a la mar, no olvide llevar un lápiz de labios. Sin él, los besos no dejarían rastro. Y un beso que se olvida es como un puñal furioso que se clava en la arena, un ejercicio descontado de inutilidad. Un naufragio.

Encaramada en un fabuloso peñasco, la Basílica de Notre Dame de la Garde domina el puerto de Marsella bajo unas inverosímiles nubes verdes, mientras espera lo que el mar quiera vomitarle. El interior está íntegramente recubierto por maquetas de barcos, timones astillados, retazos de velas, camisetas rayadas, cuadros de embarcaciones engullidas por monstruos marinos y fotografías de tripulaciones obligadas a compartir sus minúsculas vidas en ese gigantesco y desconcertante universo.

Una réplica a escala de la Virgen que corona la Basílica custodia la cripta donde se guarda la figura original. Van tres Vírgenes. Esta copia de arcilla representa a una mujer en actitud de interrogar a los horizontes. Horizontes en plural. En las noches de tormenta, cuando los marineros la invocan, el fulgor de los relámpagos dibuja sombras azules sobre la totalidad de la imagen que está recubierta por una capa compacta de lápiz de labios. Son besos de las que esperan que el mar les devuelva intactos a sus hombres. O besos imposibles que nunca pudieron concretarse y se materializan sobre el helado cuerpo de la joven.

Nadie puede determinar con exactitud en qué momento se volvió una costumbre pintarse los labios para besarla y dejar a sus pies botellas de aceite de oliva. Quizás se deba a que conseguir una botella de aceite resultaba mucho más fácil que recorrer los campos en busca de una rama de olivo con la cual revivir la leyenda de la paloma que le anuncia a Noé que el diluvio ha empezado a menguar. Algunas versiones, sin embargo, apuntan a explicar esta usanza de una forma más procaz. Se dice que hace mucho, el obispo se acercó a una de las piadosas y le hizo ver que las flores y las velas no servían para nada. La mujer apenada metió la mano en su canasta y le entregó lo único que tenía, una botella de aceite de oliva.

Lo de los labios nadie parece cuestionarlo. Así son las tradiciones. Nacen de una travesura y se perpetúan con la inercia de la repetición. Los hombres que amamos a otros hombres no tardamos en descubrir el encanto de dicho ritual y más atraídos por el desafío de pintarnos la boca donde nos callan, que por la tediosa virginidad, proclamamos en secreto a esa Virgen como nuestra. Quienes hemos vivido acostumbrados a adaptarnos a la sinrazón tenemos el ojo entrenado para identificar el instante en que se duerme el vigilante para colarnos donde no hemos sido invitados. Y a fuerza de celebrar la tragedia y de maquillarnos con desperdicios, hemos desarrollado la astucia para convertir el castigo en una fiesta.

Como viudas de un marinero que nunca existió, contemplamos el mar y soñamos con partir hacia algún destino donde no seamos tratados como extranjeros. Junto a nosotros, la besuqueada imagen de la Madre de Dios permanece atrapada en un solo papel. En secreto nos cobija y señala tantos horizontes como destinos le hubiera gustado tener. Presa del dogma, hierática y rodeada de hélices y botavaras, atiende lamentos sin descanso. Adorada e increpada hasta el hartazgo, parece que su gesto reclama a las otras iglesias del mundo que hagan lo propio. Que dejen de lado tanta cruz dolorosa, tanta espina en la frente y celebren la vida, el mar y el inigualable placer de pintarse la boca.

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