¿Vivimos en un país capitalista?

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¿Qué tipo de economía es la peruana? Existe la idea bastante generalizada de que a partir de las reformas de los noventas vivimos un capitalismo salvaje con un mercado desregulado y omnipotente que tiene sometido a un timorato y diminuto Estado manejado por tecnócratas ultraliberales. ¿En realidad es así? Veamos qué dicen desde afuera.

En el Índice de Libertad Económica 2015 de la fundación Heritage nuestro país ocupa el puesto 47 y su economía es considerada “moderadamente libre”, tercera de las cinco categorías del ranking. En el Doing Business del Banco mundial nos va un poco mejor y ocupamos el puesto 35, pero bajamos al 89 cuando se trata de abrir un negocio y al 100 en lo relativo al cumplimiento de contratos. El Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial (WEF) es aún más severo: ocupamos el puesto 65 de 144 en su indicador general. Y si esta mirada rápida no es suficiente veamos algunos de los indicadores particulares del documento del WEF, donde se destruyen uno a uno los mitos sobre el supuesto “capitalismo salvaje” en que vivimos.

Empecemos por enterarnos que nuestro país ocupa el puesto 106 en protección de derechos de propiedad (requisito fundamental para que una economía pueda ser considerada libre). El mito sobre el Estado excesivamente reducido que ha perdido demasiado terreno ante las fuerzas del mercado también se cae ante la realidad: ocupamos el puesto 82 en grado de dominio del mercado y el 127 en peso de la regulación estatal. Asimismo, nuestra elevada carga tributaria nos lleva a ocupar el puesto 91 cuando se trata de su influencia en las inversiones y el 104 en su influencia en la generación de trabajo. Y a propósito de trabajo, ocupamos el puesto 130 –decil inferior del mundo- en prácticas de contratación y despido. Además, el mismo WEF indica que el tercer factor más problemático para emprender en el Perú son precisamente las restrictivas regulaciones laborales. Esta situación se debe en gran parte a los nefastos precedentes sentados por el TC para la reposición laboral inmediata en casos de despido “injustificado” y echa por tierra el discurso izquierdista sobre la supuesta precariedad laboral existente.

Pero si la economía peruana no es capitalista ¿Qué es entonces? ¿Mercantilista? ¿Socialista? La teoría de la hibridez cultural nos puede ayudar a dar con la respuesta. Esta fue propuesta por el antropólogo argentino Néstor García Canclini y afirma que el tránsito a la modernidad en Latinoamérica no se produjo de la misma manera que en Europa. En esta última hay periodos cronológicos más o menos definidos para la premodermidad, la modernidad y la posmodernidad; transcurriendo la primera hasta la edad media, y la segunda desde el renacimiento hasta probablemente el siglo XX (aunque los teóricos no terminen de ponerse de acuerdo). En America Latina, en cambio, los procesos históricos son diferentes y los tres elementos, según García Canclini, confluyen vivos en el presente. Además, los elementos premodernos, como mecanismo de supervivencia y actualización, se hibridan con aspectos de la modernidad y de lo global. Esta teoría es esencialmente social y se aplica para entender, por ejemplo, el surgimiento de la cultura chicha; pero también puede usarse para la economía. Si lo hacemos, veremos que los sistemas económicos premodernos en el Perú subsisten hibridados con los modernos. El primero de estos elementos premodernos es la economía comunitaria tradicional que puede verse en las cooperativas rurales o en las dinámicas productivas de las comunidades nativas. El segundo es la economía colonial de tintes feudales y mercantilistas que se ve (o veía, para ser más precisos) en ciertos aspectos de la propiedad rural y en las relaciones entre el Estado y ciertos grupos privados.

Ninguno de estos sistemas, sin embargo, es preponderante ni mayoritario. Por el contrario, ambos se funden en una economía que podríamos llamar inexactamente de mercado pero que mantiene algunas de las rígidas regulaciones del pasado, una frondosa burocracia y tramitocracia estatal, altos costos para la formalidad y un puñado de –por lo general ineficientes- empresas públicas. Esta mezcla de sistemas económicos de diferentes tiempos y procedencias es lo que tenemos en nuestro país y que bien podríamos llamar economía híbrida; tan hibrida como nuestra cultura y nuestra sociedad. Después de todo, las reformas de los noventas fueron solo parciales y bastante incompletas. ¿Qué falta hacer para que nuestro país tenga una economía verdaderamente libre? Lo veremos el próximo viernes.