Vivir sin (con) permiso, por Eduardo Herrera

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En Netflix hay una serie que lleva el título que a su vez me sirve para este artículo. La serie trata de un pequeño pueblo en donde un capo de la mafia de la droga, camuflado como “próspero empresario”, decide según su parecer, quien vive y cómo lo hace dentro de su territorio de dominio. Si tienes la bendición, vives con permiso; de lo contrario, no vives.

Salvando las distancias, muy pocas, por cierto, hoy es lo que parece estar sucediendo con nuestras vidas en relación a las disposiciones de los gobiernos a nivel mundial. Cada día, cada semana, vivimos ganando espacio, recuperando nuestras libertades.

Más allá de algunas teorías conspirativas que sostienen que esta coyuntura obedece a una estrategia mundial de las izquierdas, lo cierto es que la situación de emergencia -en el Perú- motiva una serie de espacios nebulosos de arbitrariedad y/o corrupción.

Hace poco me llamó un grupo de pequeños empresarios quejándose porque no les dan permiso para laborar. Según ellos, “desde arriba” no les han dado el amén y por lo tanto se van abajo porque no pueden vender sus servicios. Siguen pagando créditos (o pateándolos), siguen sin generar, siguen sin poder vivir. Me dijeron que querían salir a protestar, pero que “desde arriba” les habían dicho que mejor no lo hagan porque de ser así los enviaban a la cola y nunca tendrían luz verde para iniciar actividades.

En la práctica lo que están atravesando muchos negocios del país es volver a iniciar, esta vez con más carga (con más pasivos). Lidiar con la jungla burocrática desde distintos frentes: el gobierno central para dar el pase y ahora, para colmo de males, los insufribles municipios, cada uno con sus propias intenciones de demostrar el dominio en el feudo (lo cual es aprovechado sistémicamente por algunos pillos con intenciones delincuenciales).

Es cierto que mucho de la situación actual depende de la poca o nula capacidad de la población para cumplir normas. No obstante, si te ponen la valla muy alta es virtualmente imposible saltar y necesitas una “garrocha”. No debimos llegar nunca a esto. Ya resulta suficiente el confinamiento personal para que encima se pretenda ahogar a los negocios bajo la excusa de sostener una burocracia absurda que no tiene objetivo sensato.

Se busca poner trabas porque se piensa que así es más seguro; simplemente porque hay que atiborrar de normativas y procedimientos. Mucho permiso, mucha barrera, mucho espacio lúgubre. Mejor es vivir sin permiso.

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