Editorial: Villarán y la fatal arrogancia

La ex alcaldesa muestra su peor lado al tratar de justificar los aportes de empresas brasileras a sus campañas.

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El sábado, luego de que un diario local revelara detalles del expediente fiscal para pedir su prisión preventiva, la ex alcaldesa Susana Villarán admitió públicamente que siempre supo de los aportes de Odebrecht y OAS a la campaña del No en el proceso de revocación del 2013. En el mensaje, además, calificó como un “grave error” haber permitido que empresas con proyectos con la Municipalidad de Lima financien su intento por permanecer en el cargo.

La confesión, empero, estuvo lejos de ser una expresión de su arrepentimiento. De hecho, fue todo lo contrario, considerando que la señora Villarán buscó justificar su accionar atribuyéndole ribetes de heroísmo. Así, la ex burgomaestre ha dicho que, para ella, “enfrentar el Sí a la revocatoria significaba impedir que la mafia política se apoderara de la Municipalidad de Lima” y que “volvería a hacer eso para el bienestar de la ciudad”.

La realidad, sin embargo, es que lo hecho por Villarán no tiene nada de heroico y sí, más bien, un componente potencialmente criminal. Hecho que, aunque sea, hubiera ameritado un ensayo de contrición. Pero la ex lideresa de Fuerza Social ha optado por presentarse como una mártir capaz de marchar al infierno por una causa que cree divina, pero en ese esfuerzo, lamentablemente, ha mostrado su peor lado.

En primer lugar, la ex alcaldesa ha dejado claro que para ella el fin es más importante que la naturaleza de los medios. De esta manera, acusando que su objetivo era evitar que la “mafia” se haga de la Municipalidad, optó por prácticas que pudieran suponerle una ventaja frente a sus adversarios: a saber, recibir US$ 6 millones de empresas que estaban trabajando con su gestión (Odebrecht en Rutas de Lima y OAS en la Línea Amarilla).

En esa misma línea, la señora Villarán ha dejado claro que sus propios principios también pueden ser sacrificados por el bienestar de sus objetivos políticos. Ella, en más de una ocasión, cuestionó el ingreso de “dinero grande” a las campañas electorales, so pena de tener que hacer “favores grandes” posteriormente, una circunstancia de la que hoy es acusada. A esto se le suma el cúmulo de mentiras que no dudó en proferir para negar sus nexos con el dinero brasilero y las contradicciones en las que cayó para poder seguir buscando el poder –véase cómo postuló a la reelección cuando dijo que no lo haría y cómo formó parte de la fórmula de Daniel Urresti en el 2016 a pesar de cuánto lo criticó–.

A todo esto cabe agregarle otro componente inquietante: la arrogancia que su mensaje de confesión demuestra.

La señora Villarán, respondiendo a una tradición muy propia de la izquierda, se arroga un rol casi mesiánico cuando de “salvar” a la ciudad se trata. Independientemente de quién haya podido tratar de sacar adelante su revocación, la decisión estaba en las manos de la ciudadanía y en ella recaía tener que definir la idoneidad de la ex alcaldesa en el cargo. En una sociedad democrática poco importa cuánto se valoren a sí mismos los políticos, lo importante es el respaldo que los electores estén dispuestos a otorgarle.

No obstante, la ex burgomaestre parece estar convencida de que ella era la única poseedora de una receta iluminada capaz de solucionar los problemas de la ciudad. Una posición fatalmente arrogante que, en armonía con sus ganas de permanecer en el poder, la ha llevado a este trance y, ahora, a tener que pasar 18 meses en prisión preventiva.